viernes, 21 de noviembre de 2014

LA DESCRITORA Cap. 8


Mi novela de los viernes: LA DESCRITORA







Cap 8. Voces nocturnas

Mi cuarto es precioso, está decorado con figuritas de bronce Bélle Epoque, pequeñas marinas en acuarela y una lámpara Thiphanys de cristales azul y ámbar ensamblados en forja apoyada sobre la mesilla,que baña las paredes en luz sepia.Toda la sala, cada detalle... Tiene un aire novelesco. Guarda el toque inconfundible de una mujer y no de Mr.Kloos precisamente,

Con la tensión del día, no consigo conciliar el sueño, de modo que leo un capítulo de Les invités y luego me da por curiosear los cajones. Esperaba que estuvieran vacíos, que como mucho contuvieran alguna bola perfumada, papel de cartas, un par de sobres... Tiro del asa y para mi sorpresa, descubro un puñado de objetos personales que no son míos. O alguien los ha dejado allí para mí o son de alguien que se marchó casi con lo puesto. Una agenda, un peluche a rayas, con carita de oso y nariz en triángulo. Un pintalabios carmín intenso. Un bote de kohl para dibujar los ojos. Y un frasco de belladona... Tiemblo en cuanto lo veo.

En el segundo cajón de la cómoda encuentro un paquete de cigarros Gitanes sin filtro. Y en una repisa, junto a una muñeca de trapo descansa un pequeño cuaderno con anotaciones manuscritas, citas literarias, apuntes de prensa, fechas sueltas. Hay una receta oriental pegada con celo y arrancada de un libro. Y páginas después destaca un párrafo a rotulador bajo un epígrafe singular: Secretos de belleza de Madame Kloos.¿Madame Kloss? Pero si esa mujer es una criatura asexual, como las amebas. Y su expresión es más propia de un fusilero napoleónico que de la emperatriz Josefina.

Según parece, mi predecesora era muy coqueta. Y Madame Kloos, tuvo tiempos mejores. Juraría que esa letra ya la he visto antes, se parece al añadido en el letrero de la puerta principal y de repente, me entra un escalofrío. No tanto por si Monique escribió aquello antes de marchar apresuradamente sino al comprobar desesperada que tenemos caligrafías muy distintas.

Me levanto de la cama de un salto y es que me asalta una pregunta: Si hay esto en los cajones ¿qué no habrá en el armario? Tres sombrereras, un chal y dos vestidos de gasa. Un mantón de Manila y un traje de tirantes color carmesí que me resultaban demasiado familiares. Rozo la tela y es tan ligera  que se me escurre entre los dedos.

Es entonces que escucho ruidos fuera, en el jardín. Se acerca un vehículo, se detiene un motor. Me asomo por una rendija de la ventana y veo una moto con sidecar y un hombre con casco, botas, pantalones bombachos y gafas de piloto.

- Bienvenido, Monsieur Gaston, Pase a la salita, le llevarán un refrigerio.
- Gracias, Madame Kloos. Un filet Bourgignon si es tan amable. Y para beber, un Burdeos Chateau Gachon del 51 estaría bien. Fue un año excelente para la uva garnacha y envejeció bien en barrica.
- Enseguida, Monsieur. Mignon lo está disponiendo todo. ¿Encendemos la chimenea? La nubes descienden a ras de suelo, hace frío esta noche.
- En cuanto a los preparativos, Madame Kloos, lo dejo todo en sus manos. Cualquier detalle me es indiferente, salvo una petición: Permita al bueno de Mignon descansar por esta noche. Mejor, que me asista la pequeña Bettina. - Se le ilumina la cara, asomando una risita pícara casi imperceptible. - Me gusta verla revolotear a mi alrededor como una golondrina.

A la vez que un plato sopero de Limoges se estrella estrepitósamente contra el suelo en la habitación de al lado. Bettina corre escaleras arriba. Se tapa la cara, sueña con volverse invisible... Pero no funciona así. Entonces se muerde el labio, escondida detrás de unas cortinas mientras se jura y perjura que, mientras esté monsieur Gaston en la cansa, por nada del mundo volverá a bajar a la bodega.

Eso es a las 2. A las seis otra vez hay movimiento. Un Chrystler del 57 aparca levantando gravilla junto a la fuente. En una forzada maniobra, uno de los maceteros de lilas se tambalea... Mignon se dirige a la entrada cojeando.

- Aguarde, Monsieur Edgar. Es esta niebla...  Es menester que ilumine los setos, encenderé el farolillo del cenador.
- Si algo "es menester" es que me sirva en el despacho un Gin-Tonic largo, sin hielo ¡Traigo los pies helados!
- Y la cabeza caliente...
- ¿Decía algo, Mignon?
- Nada en absoluto.
- Pues entonces retírese, me acomodaré en el despacho yo mismo.
- ¿Desea acaso algún tentempie? Vol-au-vent de salmon, bocaditos de caviar rojo...
- Pues ahora que lo dice.. Sí, me entraría bien un sandwich de cacahuete.
- ¡Americanos! - se aleja meneando la cabeza mientras Edgar avanza a paso rápido hacia el ala oeste para solo entrar en el despacho, dejarse caer sobre el sofá de cuero negro.
- Brinde conmigo, Mignon.
- No estaría bien y usted lo sabe. Estoy a su servicio, hágase cargo.
- En mi país todos somos iguales, no hay reyes ni condes.
- En su país hay ricos y pobres, como en cualquier otra parte.
- Recuerda que cada persona presente en esta casa es un´"invitado" y eso, mi querido amigo, nos une en la fatalidad ¿no crees? - Edgar coloca un brazo sobre el sofá y chasquea los hielos.
- Usted y yo, monsieur, nunca seremos amigos. Siempre habrá criados y señores y yo sé cual es mi sitio.
- No cambiarás nunca, Viejo Chivo.
- Me temo que usted tampoco, Joven Cowboy - le tiende el sandwich y ambos se ríen.
- Soy de origen humilde, mi abuelo de joven abandonó Kansas para trabajar como mecánico en la fábrica de Ford en Detroit.  Solo que tuvo un golpe de suerte: El hombre idóneo en el momento oportuno.
- Y ahora su legado roza el mismo cielo con uno de los rascacielos más emblemáticos de Manhathan.
- Así es. - se incorpora en el cojín, dispuesto a servirse él mismo pero Mignon se le adelanta. Siempre el mismo juego.
- Sin embargo, hay algo en su saga que me desconcierta.
- Te preguntas cómo pudo mi abuelo salir del hoyo ¿es eso ?
- Me pregunto cómo gozando usted de un estatus tan privilegiado, pudo aficionarse ¡a la crema de cacahuete!
- Buena pregunta, mi estimado Mignon. Si salimos vivos de esta, te responderé amablemente. Eso sí, con una condición.
- ¿Qué sugiere?
- Brindarás conmigo, con un vaso de leche.

Los dos hombres siguen hablando. El joven, sentado. El viejo, en pie. El primero, con ojos traviesos. El segundo, rejuvenece. Ambos empatizan sin atravesar el umbral de la amistad. Bien saben les está vedado. Pero me vence el sueño y me aletargo con la fresca de la mañana. Voy perdiendo el hilo de la conversación, cada vez más tenue. Y me acurruco junto al ventanuco que da a la escalera, perdiendo la conciencia envuelta en una colcha de Patchwork.

Estoy pletórica, escuchar ha sido apasionante. Lo que he hecho ¿es fisgar? Yo no diría tanto. Me siento como Mr. Ripley (de "El Talento de Mr. Ripley" ) reinventándose a sí mismo, eludiendo la verdad: que no es más que un intruso. Comparto con él un dogma inquebrantable que jamás vulneraría: "Infiltrarse, a toda costa". Contamos con un método infalible: "Ser uno de ellos."

Seamos honestos, me dispongo a perseguir mi sueño ¿a qué precio? Por conservar su fingida identidad, él llegaría a matar. "Es necesario". Por supuesto, yo no haría tal cosa. O sí. Solo sé que le entiendo me veo reflejada en él. Un Tom Ripley que lleva una máscara y ante el más mínimo requiebro, se le tambalea. Es débil, acomplejado e inseguro... Anda extraviado en un mundo brillante que le es ajeno, una clase de vida que crea adicción y a la que no renunciará de ninguna de las maneras. Mr. Ripley, un fantasma. Mr. Ripley, un espectro. Frágil e inexperto y por consiguiente, tan fuera de lugar como yo.

Yo no miento, solo me callo un par de cosas. Tampoco espío, simplemente trato de instruirme a marchas forzadas. Sencillamente, trato de prepararme para mañana... "Es necesario." Porque con el sol, volveré a ser Monique. Y tendré que actuar con total naturalidad, como si fuera la de siempre.

Pero ahora sé que ella existe, no es una quimera. Y presumo que todos la conocen bien, todos ¡menos yo! Como imitar a alguien que fuma si yo lloro con el humo. El maquillaje me irrita la piel. Es más ¡odio los peluches! Luego están todas esas voces... Me rondarán de cerca, se harán eco de mis gestos, posturas y opiniones. Me escudriñarán de pies a cabeza, seré el foco de atención. Se dirigirán a mi como lo que se supone que somos: "Viejos conocidos". Y fingiremos en Gran Charada, que no somos un puñado de extraños.

Entro en pánico, "Tom, tú sabes como me siento. Vamos ¡¡¡ayúdame!!!" Abro los ojos, tomo aire. Y con los primeros rayos de sol, ya nada parece tan negro. Las gaviotas emiten un grito desgarrador y lejos de asustarme, me alivia pensar que lo hacen por mi. Que mis chillidos son los suyos.

- Vístete guapa, píntate los ojos de verde esmeralda. Sal ahí afuera y déjate querer.
- Y ellos ¿Qué esperan de mi?
- De primeras, limítate a sonreír y escucha.
- Es que no sé quienes son...
- Una vez les reconozcas por su voz, les pondrás un nombre y una cara. Y recuerda, quizás ellos también huyan de sus propias sombras.

Y si las gaviotas no hablan...

Gracias, Tom.

Después de todo, no era tan mal chico. Es la desesperación, que te cambia el alma. No sólo el nombre. A veces, "es necesario"... Si lo sabré yo.



lunes, 17 de noviembre de 2014

3 Preguntas y 1 Sombrero





* Creo que sabéis de mi fascinación por los sombreros, pues me temo que no soy la única. Solo verlos y sueñas. Es tocarlos y te transportan. Como StarGate, una puerta a lo desconocido.

Tenemos al Sombrerero Loco en el País de las Maravillas. Sherlock Holmes con su sombrero de cazador. Charles Chaplin, con su bombín. Indiana Jones, el aventurero. Luego está Rick Blaine en 'Casablanca' y el detective Philip Marlowe en 'El sueño eterno' ambos interpretados por un Bogart maduro, curtido en el aire de llevar sombrero. Y entre las mujeres del cine destacan: Eliza Doolitle luce una pamela a rayas en las carreras de Ascot en My Fair Lady. La boina de Bonnie, junto con Clyde, la célebre ladrona de bancos. Sin olvidar a la princesa Amidala, tan exótica ella... Una sola mirada y te lleva a las estrellas.



* 1ª PREGUNTA: Todos esos personajes legendarios ¿serían tan emblemáticos sin sus sombreros?   

No solo en la ficción, en la vida real también hubo sombreros célebres: El pelo recogido de Coco Chanel, bajo un sombrero redondo de paja. La elegancia del Halston con forma de pastillero de Jackie Kennedy. al que sucumbirían todos los hogares norteamericanos. El turbante azul de Lady Di. a juego con sus ojos... El atuendo cowboy de Madonna. La media luna de Grace Jones o los delirantes diseños peludos de John Galiano.

* 2ª PREGUNTA: Como dijera Coco Chanel: "Para ser irreemplazable, uno debe hacer por mostrarse diferente" Para ello ¿Por qué no valerte de un sombrero?   

Un sombrero denota presencia, a la vez que altura. Marca la diferencia, podría ser tu seña de identidad. Un complemento mágico con el que te creces en todos los sentidos y transformándote en "Monique" sin acaso pestañear.

En cierta ocasión, os conté   mi propia experiencia  en un paraíso de sombreros. ¿Si me cambió la vida? En cierta forma. En él reside algún tipo de hechizo, capaz de saca de ti lo mejor. O lo peor, llegado el caso. Porque no tu sombrero no se busca, ha de encontrarte. Quizás si te pasas por "El Sombrero Mágico de McHavelock" una tienda de sombreros de magos en Hogmeade. Darás con ella si frecuentas el Callejón Konckturn junto a Borgin y Burkes, En caso contrario, mira en los anuncios del Daily Prophet ;) O simplemente aguarda a que se cruce en tu camino, lo hará más pronto o más tarde.

Hoy trato este tema por un hecho que me ha dejado perpleja: Uno de los 19 bicornios catalogados de Napoleón fabricado por la casa parisina Poupard, se ponía a la venta el pasado domingo. Se trataba de una pieza única, fabricada por la casa parisina Poupard con material de castor negro y de la que hay fidedigna constancia en las crónicas del imperio. Tras una puja frenética, la casa de subastas Osenat de Fontenebleau pegó el martillazo de rigor y el bicornio fu adjudicado a un magnate sudcoreano dispuesto a desembolsar por él 400.000 euros. Pues bien, el sombrero ya es suyo.




Ojo, que no es una mera anédota. "Mira lo que se ha comprado el chino ese. Oh, qué gracia." Hay algo más, que me preocupa: Si el sombrero de un líder y estratega como Napoleón acentuara el temperamento despótico de su nuevo poseedor, podríamos hoy ser testigos impotentes del nacimiento ¡de un nuevo dictador! Lo que no sería tan descabellado, teniendo en cuenta que el coleccionista de objetos personales, admira febrilmente a quien representan. Y por eso:


* 3ª PREGUNTA: Ese hombre que venera a Napoleón, una vez tenga el sombrero... ¿Quién poseerá a quién?   
En otras palabras: ¿Crees que el caballero en cuestión, se atreverá a emular sus hazañas?

Pues ahí queda eso, amigos. Siembro la duda sobre el poder de un objeto icónico. El tiempo nos lo dirá: Si el magnate superó la tentación... O el sombrero desplegó su poderío ¿? Si en un futuro próximo, el magnate oriental nos pasa inadvertido ¡tanto mejor! Será que el sudcoreano es dueño de su destino. Claro que tal vez El Sombrero, aún no dió con El Amo definitivo....


En cuanto al vuestro, no dejéis de buscar. 
El mío, de Juglar errante sin castillo  ♥ ♥ 



"Oleo de una Mujer con Sombrero" Silvio Rodríguez

viernes, 14 de noviembre de 2014

LA DESCRITORA Cap. 7


Mi novela de los viernes: LA DESCRITORA





Cap 7. Un nido de gatas

No sé si dirigirme a la entrada principal o hacia el portalón del servicio. Me tomo mi tiempo, a pesar de que en el salón contiguo ya suena por segunda vez la campanilla y retumban pasos por la escalera. No me brota la voz, tengo los hombros encogidos. Me dispongo a aparecer con humildad, suplicando que me acojan. Cuando recuerdo las incoherentes palabras de Madame Tulipe, que empiezo a encontrarles sentido. De verme así, me atizaría con una regla en la espalda hasta que me mantuviera tiesa con los pechos firmes, como una estatua:

- Eres Monique, Monique Malvache. - me incorporo - Hazte respetar. Por el amor de Dios ¡no eres una mendiga!

Abrocho la abotonadura de mi casaca, me recoloco los alfileres del sombrero. Buscando algo que refleje mi rostro, me topo con un letrero decimonónico semioculto por la hojarrasca que me sobresalta. Contiene instrucciones para este maldito juego:

* El invitado acepta las reglas y los hábitos de su anfitrión, 
pero puede trabajar para reformarlos. 
* El invitado aprende el lenguaje propio de su benefactor y se esforzará incluso 
en hablar mejor que ellos. 
* Si a pesar de todo, el huésped se ausenta libremente o por necesidad 
dando por clausurada su estancia, no escatimará en esfuerzos 
por dejar una impresión incólume en aquella casa. 
Aún más encantadora que cuando llegó.

George Steiner                           
"Los libros que yo no he escrito"


Al que, recientemente, alguien añadió.


Por consiguiente: 
El invitado, será un dechado de virtudes. un icono de glamour.
Conservando bajo cualquier circunstancia, el decoro máximo. 
Siempre en consonancia con lo bello... mantendrá la compostura. 
Si cabe, hasta el último aliento. 
Paul                               


La tinta del fragmento añadido es menos opaca y más intensa. De caligrafía impecable, en letras góticas. Aunque presumo que a quien lo escribió, le tembló un poco el pulso allá por la última frase. Conforme avanza, el temblor va in cresccendo, la "h" no asciende en vertical. La "t" se inclina peligrosamente, retando a la gravedad, igual que la Torre de Pisa. Hasta culminar en un renqueante "aliento" desde donde inicia una caída libre, en picado. el rabillo de la "o". Como un biplano prusiano alcanzado por metralla durante la Gran Guerra... Así es como la tinta se precipita al vacío, seguida en torniquete por una estela de denso humo negro.

Tras leer a George Steiner con atención, me brillan los ojos. A pesar de sus exigencias, hay algo alentador. Concluyo que la entrada habilitada para las visitas es la más lujosa y llamo al timbre. El último párrafo, lo ignoro. Lo atribuyo a una chiquillada. Y es que a los aristócratas les encantan, por su inmadurez innata, ese tipo de bromas.

Repaso mi papel, me pongo en situación. Consciente de que una vez atravesado el umbral, ya no habrá vuelta atrás. Decido presentarme como Monique, al tiempo que enseñaré mi invitación. Me mostraré sobria, comedida. Altiva, sí. Inalcanzable, no. Estoy tensa, rígida como un soldado. Estoy a la defensiva... Por eso me repito una y otra vez, para calmarme.

- Soy la invitada número 13. Monsieur Pierre me espera, él es mi anfitrión.

De lo contrario, podría saltar cual una tortuga ninja sobre quien ose abrir esa puerta.

Durante la espera, me aferro a ese letrero que a pesar de su rectitud, confirma un hecho que personalmente, me reconforta: En la mansión, son frecuentes los invitados. La velada de hoy es una de tantas otras. No soy una intrusa, no estoy de más. Les sorprenderé, ¡causaré sensación! Como Cenicienta... Y en un acto reflejo, me miro el calzado. No son de cristal sino de charol.

- Oh, no puede ser. Del camino, llevo una espiga de trigo pegada a la suela de Lucchino. Lucchino es mi zapato izquierdo. Y entonces ¿el derecho? Pues claro, Victorio. Cosas de niña, desde pequeña le pongo nombre a mis zapatos.

Justo es entonces que descorren un cerrojo y el portalón cede, dando paso a un débil resplandor. Me invade una luz de gas, acogedora. Una mujer menuda vestida de gris marengo asoma sigilosa con un rostro grave e impertérrito. Carece de emoción, sin gestos... Estoy por preguntarle por su crema facial... Oye, ni una arruga. Me pilla en plena faena. Justo cuando restriego el pie compulsivamente contra la alfombrilla de esparto. Como si bailara el twist, en el mejor de los casos. Me siento ridícula. Levanto el pie instintivamente, me quedo a la pata coja. Ahora ¡parezco una cigüeña! Postura no contemplada por el Feng Shui, estéticamente diverge bastante de la posición de loto... Soy del todo consciente, no hago sino empeorar las cosas. Me trabo, no digo nada a derechas.

- Yo, mmmm. Esto... Pasaba por aquí...

Pienso en reírme de la situación, para eliminar tensiones. Me veo tentada a soltar un mal chiste:

- Por favor. ¿El campanario más cercano?

Por suerte, la mujer-sargento que se yergue ante mi, no se inmuta. No repara en mi postura. Ni siquiera le interesa especialmente mi aspecto.

- Buenas noches, mademoiselle. Sígame. Por aquí.

Se limita a coger mis pocos enseres y conducirme hasta el hall. Me estremece su indiferencia, esta señora es un témpano de hielo. La reconozco, es esa misma expresión. La que le habría dedicado al cartero, una mañana cualquiera.

- Puntualidad, Mademoiselle Monique - tilín, tilín - Rápido, pase al tocador.

La tercera campanilla.

- Si no nos cernimos a los horarios impuestos, Lutetia se sumirá en el caos. - Tengo la extraña sensación de que piensa en voz alta. Así es, no espera respuesta. No habla necesariamente conmigo.

De repente, la gobernanta se da la vuelta y me espeta con una voz insípida como el agua sin gas. Tan monótona, que dormiría hasta al señor párroco.

- Mademoiselle Monique - ahora ¡sí! que se dirije a mí - Tras refrescarse, diríjase al saloncito rojo.

Una rápida mirada al reloj Certina años 50 de su muñeca. Y con rectitud espartana, apunta:

- Tiene dos minutos. No se demore, acicalándose en demasía.

- Antes necesito saludar a Madame Lutetia.

- ¿Madame Lutetia? ¡Válgame le cielo! - Contratodo pronóstico, aquella mujer fundida en su uniforme a cuadros príncipe de Gales, abre los ojos como platos - Mi pobre Niña, desvaría. Lo que usted necesita es un Jerez, urgentemente.

Acudo al salón, hay doce personas. Algunos están sentados, los más permanecen en pie reclinados sobre un diván, apoyados en el escritorio... Todos sin excepción, visten de etiqueta. En cuanto aparezco en escena, me miran de reojo. Mi presencia no parece sorprenderles.

- Aquí tienes tu copa, querida - Un hombre afable de ojos caídos me tiende un fino cristal de bohemia. - Clink! - El vidrio resuena, choca contra uno de mis botones.
- No se resbaló ni una gota - compruebo alibiada
- Jerome, mira que eres torpe - Un apuesto recién llegado le fulmina con la mirada y Jerome pasa inmediatamente a segundo plano.
- Jerez, antes de cenar... Caramba, Monique, me intimidas - el guaperas en cuestión toma el relevo a Jerome, acechando peligrosamente mi oído.

Una vez más el macho alfa, reclama su territorio.

- Disculpa... ¿estás coqueteando conmigo?
- Rémy siempre se comporta así, él nunca pierde ocasión - Una jovencita alegre y desenvuelta, se dispone a añadir a mi jerez unas gotas de marrasquino.
- Solo recurro a mis encantos, Jasmine. Sería del todo ingrato, no hacerlo.
- Jerez, una gran elección. Muy adecuado, en tu estado... Mrs. Kloos te encontró exhausta.
- Bueno, el viaje ha sido largo. Pero aún puedo tenerme en pie. ¿Exhausta? No, yo no diría tanto.
- Se halla algo "desorientada". Esas fueron exactamente sus palabras. - repite el bueno de Jerome, como un papagallo - Y Mrs. Kloos es muy meticulosa con su lenguaje. Su vocabulario es preciso, como un reloj de cuarzo.
- Como su reloj Certina. Un modelo antiguo y muy poco común.
- No funciona. Para ella, tiene un gran valor sentimental. Se lo regaló Paul hace mucho tiempo.

- Pasen al comedor - una voz se impone.
- ¿Y el invitado de honor?
- Ya lo sabes, no llegará hasta mañana. - me resulta familiar, la he escuchado antes.
- Dinos, al menos, quien es.
- ¿Por qué insistes? Ya conoces las reglas.
- Lutetia lo sabe, estoy segura. Por cierto ¿dónde puedo encontrarla? Me gustaría saludarle antes de la cena.
- Cómo no se lo preguntes a las paredes... - risitas
- ¿Le ha pasado algo? No estará indispuesta...
- Pues sí que está "desorientada"... - afirma Jasmine con preocupación.
- En el mapa, Lutecia era mi destino. Ella, mi punto de referencia.
- Es natural, todavía está aturdida por el viaje. Mañana ya caerá en la cuenta... - vanaliza Jerome, quitándole hierro al asunto.

Los asistentes murmuran. Mrs. Kloos pasa como una centella meneando la cabeza. Rémy se mira al espejo. Jerome se seca el sudor de la frente con pañuelo de seda. La incertidumbre está en el aire... Definitivamente, hay algo que no encaja. Para ser honestos, no es algo sino alguien. Y ese alguien soy yo.

- Ya estás aquí, estaba escrito. - Jasmine me tiende su mano de huesos frágiles, como un pajarillo.
- Llevo tiempo observándote, Monique, desde el otro lado de la habitación. Y hay algo en ti, que me exaspera. Eres esquiva, felina. Como Maggie en "La gata sobre el tejado de zinc". - los demás le miran extrañados - El personaje de Maggie, en la obra de Tennessee Williams. Sé lo que me digo, en Brodway fui Maggie II.
- ¿Maggie II?
- Maggie I era Susan Sarandon y yo, su sustituta.
- Venga, Gigi. ¿A qué viene esto? - Rémy la agarra por el hombro - No será que estás celosa...
- ¡Por supuesto qué no! ¿Por qué habría de estarlo? Miradla bien, es una tabla rasa. A ver ¿dónde están sus curvas? - Se coloca en pose, para que la comparen conmigo.
- ¡Ya basta! Gigi.
- Otra vez, Jerome... Como siempre, mucho corazón y pocos argumentos. Ya veo, volvemos a las andadas ¿eh? Hay algunos que nunca aprenden.
- No se de qué me hablas.
- De nuevo, dispuesto a perder la cabeza ¡por esta boba! ¿eh? Una vez se marchó, pensé que te habías liberado... Compruebo que no.
- ¡¡¡Cállate de una vez!!! Vieja Gata. Tú sí que eres escurridiza y sinuosa... Debajo de esa máscara de maquillaje ¿qué queda? No quieres admitirlo, pero estás en las últimas - Olive fuma de su cigarro, desvía la mirada como si reflexionara -Vete haciendo a la idea, querida. Siempre serás Maggie II ¡una segundona! - ahora le clava los ojos.
- Sitúate, Monique. Concéntrate, haz memoria. - Olive no calla y nadie osará hacerla callar, es poderosa... Sería reina, en la tierra de las Valquirias.
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Olive lleva el pelo negro y corto. Camisa. Corbata. Escupe una columna de humo con nicotina, mientras añade entredientes envuelta en penumbra:

- Lutetia no es nadie. Es este lugar, estamos en lo que fuera el Hotel Lutetia hace décadas.
- Pierre Assoulin escribió una novela que tituló Lutetia ¡todo encaja! Pensé en una amiga o familiar muy cercana. Ella le haría confidencias, él la retrataría...
- Lo que no hace sino confirmar mis temores: Eres una pobre ingenua.

La cena resulta deliciosa. El menú, excelso: Soufleé de queso emmental, Coq au vin y crepe Suzette preparado por manos primorosas, a la antigua usanza. Alternado con una fluída conversación, rica en matices. Me limito a escuchar, visto lo visto. Madame Tulipe tenía razón, hacerme un hueco en este sofisticado mundo, no será tarea fácil. Durante la velada, solo hablo con Jerome, que me pasa la salsa. Y río con una broma de Jasmine. No lo pretendo, se me escapa una carcajada. Mientras Gigi recita "Tablette Votive" de Gustave Soulier e interpreta a Catherine en una escena de "Jules et Jim" que culmina cantando Le "Tourbillón". Emula a Jeanne Moreau, de nuevo Caherine II. Pobre Gigi, ese es su sino. No es tan peligrosa, solo me ve como una amenaza. No renunciara así como así a ser el centro de atención en su pequeño feudo... Y yo estoy de acuerdo. No competiré con ella. Aún no sé a qué he venido, pero desde luego no en busca de aduladores.

Quien me preocupa es Olive. Es cruel, arrogante. Y además sabe quien soy. O al menos, quien no soy:

- Reacciona, querida, o mejor será que te vayas. Este no es sitio, para una estúpida estudiante con lentillas y piernas largas. Créeme, Monique II no es una buena idea. - me olisquea como un galgo huesudo, cierra los ojos extasiada.

- ¿Qué quieres de mi? ¡Por qué me haces esto!
- Considéralo mi regalo de bienvenida. - me quema la manga de terciopelo azul con un cigarro - Marca de la casa.

Y con descaro me planta en la boca un beso de buenas noches.

martes, 11 de noviembre de 2014

Michiko, la Princesa triste



Esta es la historia real de una princesa que tras una boda de ensueño, se convirtiría en muñeca de porcelana y de la noche a la mañana se vio confinada a un protocolo de medias sonrisas y un mar de silencio. Entre soles que nacen y dioses pequeños.




"Michiko, la Princesa Triste"

Las nupcias de Michito con el emperador Akihito se celebraron bajo el rito de la milenaria ceremonia Shinto seguida por un desfile de carrozas tiradas por caballos. El sueño de cualquier muchacha... Si bien la flamante princesa aún desconocía hasta qué punto su mundo se reducía y su imagen se encorsetaba. Condenada a brillar en un imperio remoto, dormido en el tiempo. Pasaba a ser pieza clave e irónicamente decorativa de un ajedrez mohoso y atemporal, plagado de reglas anticuadas por las que se comprometía a caminar tres pasos por detrás de su marido, no hablar a menos que fuera compelida a ello. A sonreír levemente y a saludar con un gesto.

Michiko Shoda, madre del príncipe heredero Naruhito y actual emperatriz consorte del Japón, era hija de un industrial y plebeya de nacimiento. Enseguida se resintió por el rigor de los modales que exigía la dinastía nipona, emparentada con Amaterasu Omikami, la diosa sol y por consiguiente, anclada en otro milenio. De entrada, los poderosos sacerdotes Shinto centraron en ella sus críticas al haber estudiado ésta en la escuela católica del Sagrado Corazón. Por otro, la figura imponente de la emperatriz Nagako, su suegra, no dejaría de mostrarle su desprecio sometiéndola a toda clase de críticas intimidatorias. Su vida enconsetada, le oprimía el alma y el pajarillo enmudeció, hasta sumirse en una profunda melancolía que conforme pasaban los años, la consumía poco a poco.


Si bien no flaqueó, sobrellevó su carga por décadas lo mejor que pudo. Hoy, ya anciana, confiesa que para evadirse se valió de UN JUEGO: 

A ratos, fantaseaba. Se imaginaba invisible, capaz de escapar del palacio imperial volando hacia el metro. Tomaba la línea Toei Oedo y Namboku para apearse en la estación Azabujuban abarrotada gente. Y pasando desapercibida entre la multitud, se convertía en un viandante más. Solía soñar que caminaba despreocupada, liberada. A menudo simuló perderse en aquel laberinto de calles estrechas moteadas de colores y voces superpuestas sin llamar la atención ni ser el foco de tantas miradas, como hiciera antes, cuando solo era una chica más. Siempre le gustó aquel barrio mestizo, las calles de Azabujuban. Aún datando del periodo Edo, sobrevivió a la segunda guerra mundial y con el desarrollo urbanístico del cercano Roppongi Hills, renació con un aire ecléctico haciéndose eco de nuevas brisas. Hace décadas que Azabu-juban está salpicado de tiendas interesantes y sofisticados comercios, sus casas de madera ya no solo venden galletas de soja y arroz. Como la zona es sede de varias embajadas, hay muchas familias extranjeras que conviven con las tradiciones niponas trajeron nuevos vientos más frescos y cosmopolitas. La princesa huele los deliciosos "soba" que inundan la calle de olor a fideos de trigo que le siguen hasta doblar la esquina. Pero nada más torcer, la calle rezuma especias y algo más adelante el Café Lolita capta su atención en un festival de música, bañada en tarta, té Darjeeling e infusiones. En Romans B. baraja las últimas tendencias de moda de diseño y roza con el dedo índice los zapatos italianos de Humans aún a sabiendas de que jamás le permitirán lucirlos en el ritual del trono del Crisantemo por considerarse impropios, aunque los desee como segunda piel... Roza el ébano de la Kan Kan Gallery y cual niña curiosa, abre traviesamente uno de esos cajoncitos. 

De algún modo, la princesa está ahí. Se para el reloj, el mapa del mundo se pliega sobre sí mismo como un viejo acordeón. Y Michiko siente la armonía entre este y oeste. La fusión de lo que vendrá, con lo que ya pasó... Por un momento, se diluyen los protocolos. Es simplemente Michiko. Una mujer con gustos, preferencias. Interesada en el arte, conocedora de idiomas. Sencillamente, ella. Con voz y palabra propia.. Sigue paseando, disfruta de cada paso pero no se detiene. Es que su destino es otro y la princesa no descansará hasta alcanzar esa librería más allá de Minato... Preservemos su intimidad, prescindamos del nombre. Dejemos que vuele a ese rincón tan particular donde culminará este sueño maravilloso sea suyo y solo suyo. Una vez allí, los libros se encargarán del resto. La conducirán de la mano al otro lado del túnel... Schisst, ya está en Su Refugio. 


Si en esta historia no hay dragones ni princesas que ondean al viento sus largas melenas con rizos de oro... ¿Entonces? Sigue tratándose de un cuento, real como pocos. A lo Vacaciones en Roma, pero entre flores de cerezo y una pálida Audrey con lágrimas de sal en los ojos. 


山崎まさよし B.S.O "5 Centímetros por Segundo"




viernes, 7 de noviembre de 2014

LA DESCRITORA Cap. 6


Mi novela de los viernes: LA DESCRITORA




Cap 6. Raíles de plata

El tren, siempre el tren detrás de cada viaje inesperado. Los vuelos en avión, salvo en las películas que van a la carrera, son fríos. Tanto cálculo le resta glamour y de aventura no queda un resquicio. ¿Por que sino la genial escritora Agatha Christie eligiría el ferrocarril a través de la estepa rusa para asestar doce puñaladas al millonario norteamericano Samuel Ratchett o recrea un crucero por el Nilo para propinar un disparo en la cabeza a Linnet Ridgeway, una rica heredera? Pudiendo ser asesinados plácidamente con un sedante en su acogedora casa a la hora de comer... Ya sé, hay una respuesta evidente: "Lo cierto es que por entonces, por razones cronológicas, no se estilaban demasiado los aviones".

Y quien lo alegara, estaría en lo cierto. Pero puestos a maquinar una muerte en extrañas circunstancias, seamos creativos ¿no? ¡Qué menos que currarse un poco la escena del crimen! A ver, no me malinterpretes. Obviamente no busco ese tipo de aventura. Puesto que me dirijo a lo desconocido... No sé, creo que me conviene adornar un poco el trayecto. No busco grandes titulares, me conformaría con algo sencillo: ¿El robo de un collar? ¿Una fuga de enamorados? Y qué tal... ¡una desaparición! Y caigo, de repente en que huí por las buenas sin dar explicaciones a nadie. Tristán e Isolda tienen nombres propios. Se llaman Sophie y Alain. A ella, apenas la conozco. Pero a él, va a ser que sí. Resulta que es mi hermano y de veras le importo. Vale, me repatea su empalagoso idilio. Pero es mi problema, no el suyo. Son buena gente... Y mucho me temo que a estas alturas, estarán muy preocupados.

Me largué sin más, es un hecho. ¿Y qué? Soy mayor de edad, puedo ir a dónde quiera. ¿Por qué no les dije nada? Me habrían disuadido. Allain me trata como una niña. Y ella, se nota, está de mi hasta el gorro. A dónde íbamos los tres... Figúrate ¡el trío calavera! A todas luces, yo sobraba. Es más, a su lado me sentía incómoda. Además, desaparecer dramáticamente (para alguien que siempre ha estado en la sombra) reconocerás que tiene un halo de misterio no exento de enigma. Por una vez, yo soy Greta Garbo. Y por nada del mundo, iba a renunciar a eso.

- Oh, nuestra "pequeña" Marie - por favor, ponte en situación. Ignora por un momento el dato irrelevante de que mido un metro ochenta. - Andará sola, perdida.
- ¿Qué habrá sido de ella? La han emborrachado, seducido, asaltado, violado. O lo que es peor...¡Estará amnésica! - Aquí es donde Sophie pone los ojos en blanco y Allain la abraza con todas sus fuerzas.

Eso mismo. A ver ¿dónde hay que firmar? Amnésica querría estar yo y olvidar mi vida anterior sin ningún tipo de remordimientos.

Con ese abrazo, el idilio estalla. Y todo gracias a mi. Además, no me voy para siempre. O tal vez sí... En cualquier caso, es asunto mío. Y si se esmera Cupido, me olvidarán pronto. Así es, se tienen el uno al otro.

Me gusta ver los arbustos junto a las vías alargados por la velocidad. Parece como si el tren a su paso intentara arrancarlos de cuajo y ellos resisten. Y luego está ese cielo majestuoso que lo rodea todo como en esos souvenirs de cristal con bolitas de nieve. Primero resplandece, culmina y llegado el mediodía comienza a apagarse poco a poco como las luces de un escenario. Entonces siento miedo: se prolongan las sombras, el aire se vuelve pálido y frío. Conforme anochece, me puede la incertidumbre. Llegar de noche, a un sitio inhóspito... Me provoca, terror incluso. Tanto como si se agolparan los pájaros de Hitchcock en el cableado del teléfono. Es un miedo paralizante, que me tienta a bajarme en marcha y acabar con todo esto. En semejante arrebato, me quitaría la vida. Fíjate si soy considerada, así el tren contaría con su propio muerto. No se a dónde voy y me aterroriza la idea. Pero sí se de donde vengo ¡y no pienso volver! Si acaso, con los pies por delante. Miro allá afuera, el paisaje cambia pero la gravilla es siempre la misma y eso me tranquiliza. Así que muevo un dedo, luego otro. Giro las muñecas, reconozco mis manos... Y  con ellas, me aferro al asiento con tanta fuerza y desesperación como si me subiera a una atracción de feria y sonara con estruendo la sirena ahogando las risas de los niños y la canción machacona de la tómbola.

Abro el libro, releo la dedicatoria. No es reciente, Pierre la escribió tal día como hoy del 2002. Y sin embargo estoy segura: Es él. Soy yo. ¿Cómo sé que es para mi? ¿O qué no llego doce años tarde? Porque si froto sobre la tinta sobre Monique, aparece Marie. Y el año también se actualiza, con un solo roce. ¿Acaso deliro? ¿Me engañan mis ojos? Quizás. Pero quiero creer que soy La Elegida, necesito creer que tengo una opción de empezar en alguna otra parte. Si existe un ejemplar como Rossini, entonces todo es posible. Si él mudó sus plumas tantas veces ¿por qué no habría de hacerlo yo?

Intento recordar, hago memoria. Soñé que era un cisne reflejado en el lago o en un espejo... Definitivamente, no sufro amnesia. Un cisne blanco, a veces negro. Con el pico muy rojo, de color carmín. De repente, predominan las plumas negras, escondo el cuello y para cuando reaparezco soy una mujer hermosa que me insinúo tras un abanico de plumas negras que a modo de media luna me tapa gracilmente la cara. El abanico se aparta, lentamente. Y libera mi boca de su escondite, como mostrando la cara oculta de la luna. después reaparece mi otro ojo rasgado en genna, pintado a brocha en malva tornasolado. De mi cuello, larguísimo, cuelga un collar de azabache. Mi cabello negro, despide destellos azules. De sus ondas sinuosas, pende una peineta de plata. Los hombros desnudos, el cisne tatuado sobre una piel de terciopelo. Y un vestido de raso marfil apenas visible, con timidez asoma bajo un mantón de Manila. Soy una dama y me comporto como tal. Saco un cigarrillo de un bolso minúsculo de nácar, lo enciendo despacio. Un primera calada, espiro y con el humo me lloran los ojos. Se me humedece el iris, se me escurren dos lágrimas negras que sobre mis pómulos, se bifurcan en rayas más pequeñas. Son plumas, dos plumas negras que me marcan la cara. Me veo distinguida, condenadamente elegante. A la vez, triste y miserable. Por más que me miro, no dejo de ver a la bruja Odile, hija de Rothbart. También veo a la princesa Odette, víctima de un hechizo. Cisne blanco de día, doncella de noche. La malvada bruja que se transforma en Odette para que su amado Sigfrido caiga en sus garras y engañarle. Odile u Odette. ¿Cuál seré de las dos?

La mejor representación de El Lago de los Cisnes tuvo lugar en el Teatro Mariinski de San Petesburgo. Con coreografía de Marius Petipa y Lev Ivanov. Chaicovsky llegó a leer el libreto, en los días antes de su muerte. El ballet se estrenó el 27 de enero de 1895. Un viernes, como hoy. Y en aquella ocasión, la primera bailarina Pierina Legnani interpretaría tanto a Odile como a Odette. ¿Odile y Odette? ¿Marie y Monique? Quizás yo no sea ninguna. O como Pierina, en mi corazón aglutine a ambas. *

Pero hay algo que no encaja... Pero ¡si yo no fumo! Despierto abruptamente y desorientada.

- ¿Dónde estoy? ¿Cuándo salgo a escena? ¿Cómo me visto? De blanco o de negro...

Una mujer regordeta me mira divertida.

- En un tren camino de Nantes, te has quedado dormida. Y vestida de azul, te acurrucas como un escarabajito.

Mientras dormía, había apoyado mi cara sobre su hombro. Ahora que lo pienso, me resulta bochornoso. Me pongo tensa, la había aplastado durante casi media hora. Mi cabezón, sobre el brazo de una desconocida... Menos mal que esta vez Vincent, no me ha hecho ninguna foto. Y que en verdad, no llevo ninguna peineta de plata. Se la habría clavado... ¿O sí? Lo cierto es que esa mujer, uséase mi encantador almohadón, tiene un rasguño en la mandíbula y una lágrima negra derramada sobre la solapa de su chaqueta, lo que no parece importarle. A la vista está, que mi almohada de plumas, tiene unos dientes muy blancos. Y a poco que escarbes, un corazón enorme.

- ¿Una galletita, querida?

Las horas pasan deprisa, doy gracias al cielo por mi compañera de viaje. La señora del asiento contiguo lleva un surtido entero de productos autóctonos de Les Alphilles en su cesta de mimbre y me ha tenido comiendo exquisiteces, bocado tras bocado, durante todo el trayecto. El mismo cielo que me ha bendecido con Mathilde, se torna rápidamente anaranjado. Y como me dirijo hacia al oeste, en el horizonte nace ante mis ojos una magnífica puesta de sol. Todo en el campo cobra un brillo especial, hasta el infinitos es intenso. Y observo ensimismada el ocaso con dos miradas: Desde un punto de vista científico, también con ojos de descritora. Dos ópticas bien distintas que he de ser capaz de combinar para que Monique y Marie confluyan. Así es como encontraré mi identidad, de una vez por todas.

* Puesta de Sol de Monique: Momento en el la luz se relaja. La luz tiene que atravesar más capas y el vapor de las nubes y las partículas de aire la dispersan. La dispersión de la luz a lo largo de una gran distancia crea una puesta de sol. Las olas rompen en la playa porque lo provocan las mareas que a su vez son resultado de las fuerzas gravitacionales que ejercen el sol, la luna y la rotación de la Tierra.

* Puesta de Sol de Marie: El sol abatido se recuesta sobre el horizonte. El cielo quema, la tierra arde. Se entremezclan velos teñidos de rojos y naranjas. Que se tiñen de añil, conforme pasan las horas. El sururro y la brisa se vuelven extraños. Lentamente se baña en plata y se cierran las azucenas.

- Y todo eso ¿Acaso importa?
- Desde luego. Porque cuando contemplas un atardecer, te preguntas el por qué y analizas.
- O respiras aspirando el viento, lo haces tuyo. Y es en ese instante cuando cierras los ojos y consciente de que se escapa, solo deseas compartirlo con alguien.

Y así es como Monique y Marie se enfrascan a muerte en un duelo de percepciones... Y sin embargo, como hiciera Pierina, interpretaré a las dos. No prescindiré de ninguna.

Mathilde sonríe continuamente, no se cansa nunca. Va de visita a Poitiers, a ver a su hermana que por lo visto se casó con un cartero. Y a mí, todo eso, ni fu ni fa. Pero qué remedio. Ella me habla y ponerme los cascos, después de recostarme sobre ella... No sé, me parece feo. Encima, desde que me tomara esas libertades, resulta que somos íntimas. Se ha puesto maternal y no me deja ni a sol ni a sombra. A la altura de Toulouse ya hemos tomado paté, queso brie y pan con mantequilla. También trae tartine aux pommes. Me la muestra emocionada con los ojos brillantes. Es la niña de sus ojos... Y aún así, nos la ventilaremos sin reparos. Calculo que caerá enterita cerca de Burdeos. Me observa resignada, conocedora de su sino, pero sin mediar palabra. Por lo visto, las tartines carecen de opinión y lo agradezco. Al parecer, conversar abiertamente con un sandwich integral en plena calle no pasará de hecho esporádico. Menudo alivio... Personalmente, me resultó un tanto traumático.

- Es la "Tartine aux pommes de la tante Ágnes" Es una receta secreta, un legado de familia. Y ahora soy yo quien la guarda en una libreta hasta que en mi lecho de muerte, se la susurre a mi sobrina. Con ella ganó mi tía el segundo premio de tartines freches del condado de Saint-Cannat durante la feria de ganado que se celebra a las seis, justo antes del baile y después del concurso de trufas.
- ¿Quién se llevó el primer premio? Tu cuñada, tu vecina...

Mathilde se encoge de hombros. Ni siquiera disfruta de la tartine, no le sabe bien.

- Uhm, demasiado pastis. ¿O necesita más azúcar?

Esto me pasa por dar cancha a Marie. Siempre mete el dedo en la llaga. Y lo peor, ni siquiera se da cuenta. De modo que me concentro en ser Monique, la vivaracha. Y le dejo que se haga cargo de la situación e intente retomar las riendas.

- ¡Está riquísima! Ese chorrito a Pastis, es justo lo que más me gusta.
- No, no está del todo bien... Oh, Dios mío. ¡Estoy perdiendo mis dotes!
- Pero si está deliciosa. También noto un regustillo tostado ¿son almendras?
- Oh, Dios mío. Si la tanta Agnés levantara la cabeza...
- Y aún distingo algo más, un ligero toque de canela.

Monique la saca de su bucle descendente. Escuchándola, Mathilde se crece y recupera ese porte campechano reluciente y optimista. En unos minutos, vuelve a ser ella misma.

Comer, me ha sentado bien. Estoy decidida. Las próximas horas serán delicadas y nada ni nadie, ni siquiera Marie, se interpondrá entre mi destino y yo. De ninguna manera alterará el curso de los acontecimientos. Me andaré con cien ojos... No se lo permitiré, aunque tenga que amordazarme.

Cuando el tren llega a la estación de Nimes, Mathilde se fue hace rato. Me dió un abrazo de oso y tres besos en cada pómulo. Estaba eufórica, no dejaba de hablar y voltearse por el pasillo. En el andén la dejé, diciéndome adiós con el brazo en alto. La vi hacerse pequeña y me sorprendí mirando por la ventanilla, emocionada. Me surcó una lágrima la cara, era blanca. Sentí su ausencia, por un momento me sentí muy, muy sola. Pero al poco me repuse, a sabiendas de que sé que su marcha me facilita mucho las cosas. No deseo emociones fuertes. Bueno, me las reservo. Precisemos, no por ahora. Se acerca desbocado mi destino y necesito mantener la cabeza fría.

Me apeo en la Gare de Nimes desde allí me desplazo renqueando hasta la estación de autobuses. Los zapatos que encontré en la calle, me rozan el talón. Necesito una tirita... Y aún así ¡corro! El bus que parte hacia Saint Nazaire ya está en el hangar y tiene el motor encendido. Veinte minutos de trayecto, bordeando la costa y me apeo. Esta vez, en medio de la nada.

- Mademoiselle, su parada. La dirección que me indicó es aquí.
- ¿Está seguro?
- Por supuesto. ¿Lo ve? Es ese caserón.
- ¿Y cómo se llega hasta allí?
- Coja ese sendero. Cuando está seco, es agradable. Dese prisa o se le hará de noche.
- Es que...
- Hágase cargo, señorita ¡Tengo un horario que cumplir! - da unas palmadas al aire
- De París, tenía que ser... - Mira el reloj y protesta. Arranca y desaparece.

El aire está en penumbra. Pero sí, aún distingo un tejado de pizarra a lo lejos, tan sobrio como imponente. Menos mal, el campo es inmenso... Camino por un sendero, arrastrando mis bártulos con torpeza. Desfallezco, apuro mis fuerzas. Y una vez me adentro en el camino, anochece muy rápido y temo perderme. Huele a sal, a tierra mojada. Solo escucho grillos y el esporádico croar de las ranas. Estoy nerviosa. Por eso me da por cantar, para tranquilizarme. Pero la voz me sale temblorosa, no recuerdo bien la letra. Me repito, titubeo. Me siento ridícula, me sorbo los mocos, a punto de estallar en llanto. Algo negro sobrevuela mi cabeza... Golondrinas ¡o murciélagos! Canto aquello de: 

Il pleut, il moulle,
c'est la fete de la grenouille. 
La grenouille a fait son lit 
dans le trou de la souri." 

Y es justo entonces, cuando me rodean las luciérnagas. Vienen y van, como jugando al escondite. Están conmigo, solo un momento. Lo suficiente para que recobre el ánimo y siga andando hasta oír una campanilla.

- Tilin-tilín
- Eso es que ya es hora de cenar ¡apresúrate!
- Un último esfuerzo, Corazón.

De nuevo ellas dos. Ambas me apoyan, cada una a su manera. Pero poseo otro punto a mi favor, que me ayuda a culminar la recta final. Las luciérnagas me lo han dicho: "Monique Malvache, eres bienvenida." Y así es como me decido, tiritando, a llamar al portón de la entrada.


NOTA 1: Chaicovski murió el 6 de noviembre de 1893 y tal día como hoy (cuando escribí estas líneas). ¿Por qué pensé en él? ¿Cómo vino a mi? Debe de flotar ahora mismo un vals en el aire... No creo en las casualidades.

NOTA 2: Estaré fuera el fin de semana. En Madrid es festivo el lunes día de La Almudena. No podré contestar comentarios ni realizar visitas hasta el martes, si bien prometo en breve ponerme al día. Gracias por vuestro tiempo. Un placer, escribir en compañía.




martes, 4 de noviembre de 2014

Van Gogh y el Color Maldito


Hoy os traigo un nombre y un color. Te hablo del amarillo de cromo. Te hablo de Vincent Van Gogh.



El cromato de plomo o amarillo de París es un pigmento amarillo actualmente usado en pinturas, tintas de imprenta, lacas y plásticos. El cromato de plomo (PbCrO4) se obtiene por precipitación en disoluciones de cromo y plomo. Fabricado por primera vez por el químico francés Louis Nicolas Vauquelin el 1809 a partir de unas muestras de crocoita, un mineral rojo anaranjado, obtuvo esta tonalidad cromática intensa y viva, capaz de capturar la mismísima luz de los astros, el calor de un prado infinito o la decrepitud lenta e indolora de un jarrón lleno de flores

El pigmento se usó hasta 1870, cuando se abandonó por su inestabilidad como compuesto y una gran vulnerabilidad a la luz. Se recuperó a partir de 1918 cuando, ya entrado el s. XX, la industria química logró fabricar el pigmento de una forma cada vez más estable y resistente. Durante el siglo 20 fue el color de autobuses escolares estadounidenses y las señales de tráfico. Causó furor en aquella época, símbolo de optimismo y juventud ¡qué tiemble el mundo! El mismo color que años antes truncara vidas con su luz engañosa, condenándolas al delirio.




El amarillo de cromo tiene dos caras: Una, jovial. Otra, sombría. Detrás de su alegre apariencia tan informal y despreocupad oculta una identidad siniestra. Se trata de un color complejo, mutante. De mezclarse con pigmentos orgánicos, se oxida despidiendo un tono verdoso. De añadir amarillo de cadmio o ponerse en contacto con pigmentos que contengan azufre, se ennegrece al instante. Y es que se muestra inestable en álcalis, ácidos minerales y gases como el sulfuro de hidrógeno y el dióxido de azufre. En presencia de cal húmeda y amoniaco se transforma en cromato básico de plomo cobrando un tono anaranjado intenso. Así es, parece que está vivo. Ante cualquier cambio, se muestra susceptible.Y en un arrebato, puede actuar imprevisiblemente.

Aún queda lo peor y es que a pesar del brillo que desprende, el vivaz y optimista amarillo de cromo posee un tremendo Lado Oscuro: Como todos los pigmentos de plomo, es un material tóxico y si el pintor se expone y toma contacto reiteradamente con el pigmento en cuestión, puede envenenarle el cuerpo y también el alma. Robarle la vida, nublarle la mente.




Van Gogh sentía fascinación por él y lo manipuló sin precaución en múltiples ocasiones naciendo de su ardiente pincelada cuadros únicos e irrepetibles. Está presente en sus cuadros de LOS LIRIOS (1889) enfatizando sus tonalidades naranjas. También utilizaría el amarillo de cromo para dar vida a sus famosos GIRASOLES un año antes. A la descomposición del cromato de plomo por descomposición lumínica, se debe ese brillo misterioso y enigmático de esos pétalos curvilíneos y tortuosos. Casi vibrantes.

Su obra rebosaría ocres, que le harían leyenda. Si bien el pintor habría de pagar un alto precio: Durante uno de sus episodios psicóticos, le encontraron junto a un tubo de amarillo de cromo en el suelo y con trazas de pintura amarilla en torno a la boca. Hábitos de artista, una personalidad quebradiza. Tan frágil, como arrolladora... Se interlinearon los planetas y el destino haría el resto: El veneno eclosionó en sus labios como una maldita bomba de relojería. El oro se hizo fuego y un cocktail Molotov amarillo le quemó por dentro y por fuera.





Te dejo con un hombre y un color. Me refiero a Vincent, el eterno buscador, el incansable viajero. Y al intenso amarillo que le ayudara a plasmar los más bellos lienzos. El mismo, que le destruyó. Van Gogh, el soñador. Aquel que leía incansable a Zola, Dickens, Beecher y la Biblia. Quien avanzara al compás del viento, cabalgando entre el éxtasis y la angustia. Y con ojos de poeta, descubriera luces invisibles salpicando el firmamento... Es él, siempre fue él. El rey de los ocres, no podía ser otro.

Me despido con una preciosa canción que le dedicara al genial artista el cantautor Don McLean. Don te contará de Vincent, lo que aún yo no he dicho. Quién fue, qué le sucedió. Está en sus acordes... Créeme, lo hará mucho mejor que yo.


"Starry Starry Night" Don McLean




*Vincent, el Maestro.
Porque el color es calor. Y no un simple pigmento.



* Y próximamente, en cines:
"Loving Vincent" Biografía animada donde los cuadros cobran vida.

viernes, 31 de octubre de 2014

LA DESCRITORA Cap. 5


Mi novela de los viernes: LA DESCRITORA




Cap 5. Pensando en Verde

La calle desierta. Mis pasos retumban. Solo escucho mi respiración y el continuo run-run del camión de la basura. Una anciana riega las plantas en bata y pantuflas. Un gato pardo merodea tan tranquilo. La panadería huele que alimenta. Una mujer asoma media cara desde detrás de una cortina. Lleva una camisa verde musgo. Se me va el santo al cielo "un color extraño para una camisa". Le devuelvo la mirada y ella se esconde. Qué reservados son... Me encojo de hombros y sigo caminando, consciente de que en la calle desierta podría ser el flanco de tantas otras miradas.

Cuando el gato se detiene, araña una caja de zapatos. Consigue abrirla y atisbo su botín: son preciosos. Me acerco y el gato desdeña su tesoro. Sigue husmeando pero ahora centra su atención en un táper de lentejas. Concluyo que busca otra cosa. O entiende que son para mi... ¿Por qué alguien tiraría algo así? Para apartarse de una vida, supongo. Me los pruebo... Bueno, me bailan un poco. Pero ¡qué narices! De color añil, me quedan divinos con la casaca. Ahora sí, sí que soy YO. Suena el reloj de una iglesia, cuento ocho campanadas. Camino a paso ligero arrastrando los pies, pues se me caen los zapatos. Voy directa a la librería. Me viene a la cabeza la figura Cenicienta corre que te corre y me pregunto si le estarían grandes los zapatos. El hada se coló, no eran su número. No sé por qué, siempre me la imagino corriendo. Cenicienta no era la Bella durmiente sino la Bella corriente. Corriente, como yo. Su historia me venía como anillo al dedo.

- ¡Hola! - toc-toc- Vincent ¿me oyes?
- Hay alguien, veo movimiento. ¿Quién anda ahí?
- Solo io!!!

Se enciende una luz en el piso de arriba, la escalera cruje. Baja alguien, con desgana. Gruñendo lo que interpreto como una sarta de improperios.

- Él no trabaja aquí. Solo estaba de paso, visitando a un amigo.
- ¿A usted? Lo dudo.
- A Rossini. Son como hermanos.
- ¿Por qué le buscas? Si te dejaste algo en la tienda, lo habrá puesto en algún cajón... - habla raro -Deja que mire un poco por aquí... ¿Qué has perdido? Si se trata del libro, tanto mejor. Será cosa del destino.
- No es eso. Necesito información y él puede proporcionármela.
- Entonces, no seas bruja ¡y déjale dormir! - se abotona la camisa - Aunque quisiera, poco podría hacer por ti. No sabe demasiado de libros.
- De este sí. Cuando me lo lleve, se quedó intrigado.
- Tú despertaste su curiosidad. Le gustas.
- Quizás yo pueda ayudarte. Ya que estoy aquí... Me pongo los dientes y empezamos.
- Didier è un uomo saggio.
- Lo siento, Rossini, no hablo italiano.
- ¡Condenado loro! - se coloca la dentadura postiza - Deja de meter baza ¡qué la asustas! Vayamos despacio. Lo primero es lo primero: ¿Estás segura?
- Lui sa tutto. a proposito del libro.
- Diría que se dirige a mí... ¿qué dice?
- Un fragmento de Aída. Este florero con plumas, vive en otro mundo.
- En Aida el pueblo judío esclavizado escapa de Egipto... ¿Qué tiene eso que ver conmigo?
- No le hagas caso. Solo fantasea. El pobre, desvaría. Comentar la obra de Verdi ¿con un loro? Venga, no me seas ridícula.

Qué desagradable puede llegar a ser este hombre. Casi prefería cuando no entendía ni palabra.

- No me pareció que cantara. Más bien, intentaba decirme algo.
- ¡Basta ya! - le coloca una capucha al loro - Venga ¿a qué has venido? .Al grano, que no tenemos todo el día.
- Quítele eso de la cabeza inmediatamente o llamo a la Sociedad Protectora de Animales.
- Escúchame bien, Niña. Puedo ayudarte.
- Es un miserable... ¡El hombre del saco!
- Yo me veo más como el flautista de Hamelin... ¡Le pondré música al loro!
- Andiamo. Presto!!!
- Podríamos comenzar con Rigoletto. Así ese muñeco de feria nos dejará tranquilos. Y nosotros, a lo nuestro.
- Tu devi ascoltare. Egli conosce la storia.
- Ni lo piense ¡maltratador! Usted y yo no tenemos nada más que decirnos.
- Espera. Me necesitas.
- Il tempo passa troppo veloce.
- Yo podría contarte...
- Cinderella, corre!!!
- ¿Dónde vive Vincent?
- Él no está al corriente, no puede ayudarte.
- Vive nella casa blu.
- Grazie, Rossini. Eso sí lo he entendido. Ciao!

Y de un portazo, me marcho al tiempo que tiemblan los cristales.

- ¿Vincent? Abre, por favor.
- ¿Quién es tan temprano? Esa voz...

Abre amodorrado la puerta en camiseta y calzoncillos.

- Ah, no. Otra vez NO - se lleva las manos a la cabeza.
- Necesito una ginebra. - me escucha estupefacto, está tentado de darse la vuelta.
- Nada de esto tiene sentido. Seguro, es una pesadilla - no da crédito a mi presencia.
- Me apaño con un vodka, el efecto es el mismo.
- A estas horas...
- ¿Cuándo si no?
- No consigo desembarazarme de ti, te apoderas de mis sueños. Antes soñé que te prestaba un paraguas. Sonriente, me besabas. Y ahora, esto.
- Déjame entrar, sé que te gusto...
- Esto no me puede estar pasando. Cuando se lo cuente a Pierre, seguro que alucina en colores. Estas cosas solo le pasan a él. Nunca a mi.
- No me nombres a Pierre, es un capullo.
- Podría ser otro Pierre...
- Si tu amigo alucina en colores, entonces hablamos del mismo.

Me roza la piel para cerciorarse de que soy real. Y sí, soy de carne y hueso.

- Perdona por tocarte, no pretendía saltarme los preliminares. Iremos despacio, será una seducción en toda regla.
- Pero ¿de qué me hablas?
- Yo, en gallumbos. Tú, en mi puerta. Necesito vodka... ¿Es ese tu grito de guerra?
- No saques conclusiones precipitadas.
- Por supuesto que no. Tú me gustas, yo te gusto. Estás de paso... Lo más natural del mundo.
- No tengo tiempo para tonterías.
- Yo preferiría ver antes Gilda abrazados, pero si tienes prisa, echamos uno rapidito. Claro que el vodka, a palo seco... ¿Qué tal unos cereales?
- ¡Vodka con cereales! Sería un poco raro.
- "Raro" es que aparezcas frente a mi puerta de buena mañana pidiendo sexo. No te ofendas, me gusta. Eres una caja de sorpresas

Él sonríe y se queda ahí plantado con cara de bobo.

- Pero tú ¿de qué vas? A ver ¡qué te has creído! - Le arreo un bofetón algo azorada. - No soy tan facilona, no es lo que parece.

Mi cabreo es fingido, pero albergo la esperanza de activar su cerebro en stand by de un guantazo.

- Pues sí que empiezas fuerte... Chica, me desconciertas. Oye, que no me va el maso. Aclarémoslo desde el principio.

Me abro paso y entro en una buhardilla con las paredes llenas de fotos.

- Basta ya de pamplinas. Si no me quieres ayudar, me serviré yo misma.
- Desde luego, yo me encargo. Siéntate, estás en tu casa.
- ¿Dónde tienes la botella? Venga esa ginebra. Sin cereales.
- La tengo por aquí... Toma. Traeré unos vasos altos de la cocina.
- ¿Qué haces? Qué derroche...
- Fíjate bien, Las letras se ahogan en licor y aparecen otras que se difuminan muy rápido - mojo la cubierta de atrás a modo de prueba.
- Atento, pon los cinco sentidos. - me dispongo a mojar la de delante. - Cuatro ojos ven más que dos.
- ¿Mejor que tres?

Con el tercero no se a qué se refiere, pero lo dejo pasar. El licor está cayendo.

- No he conseguido leer nada.
- Yo tampoco.
- Entonces hemos fallado.
- Espera, que he hecho una foto. La cámara es mi tercer ojo.

Me lleva al cuarto de baño, nos quedamos a oscuras y me mosqueo. Pero enseguida enciende una luz roja y el lavabo se transforma en sala de revelado. Esos pedazos de papel van apareciendo formas extrañas. Primero difuminadas, luego cada vez más nítidas. Y surge el color, como por arte de magia... Te jodes, Pierre, prefiero a tu amigo. Él no alucina, ve la realidad con tres ojos nada menos.

- Uso una NIKON FM3A. Es una cámara manual que exige un revelado a la antigua usanza.
- La película se revela al tratarla con una solución reveladora, un producto químico alcalino reductor. Esta solución reactiva el proceso iniciado por la acción de la luz al exponer la película.
- Puestos a saltarte preliminares, podrías ahorrarte el rollo técnico.
- ¿Y después?
- No habrá después.
- Me estás utilizando...
- Me interpretaste mal. Solo te pedí ginebra. Vodka, en su defecto.

Esperamos un rato. Uno frente al otro, escucho sus latidos. Coge las fotos con pinzas, las cuelga en un tendedero sobre la bañera junto a una camisa a cuadros y ¡un montón de fotos mías! Yo, frente al taller de tatuajes. Primeo, sobria. Después, descalza.

- ¿Qué significa esto? ¿me estás siguiendo? ¡Estás enfermo!
- Me lo encargó Didier, le intrigas.
- ¿Y ésta?

Yo, dormida con un brazo sobre la cabeza. El otro, haciendo un arco incomprensible sobre mis curvas. Y el torso, desnudo.

- Se te resbaló un tirante...
- Y tú ¿cómo lo sabes?
- La puerta estaba abierta, no forcé la cerradura. Además, soy bien recibido en aquella casa.
- Y TÚ ¿CÓMO LO SABES?
- Te miré mientras dormías.

Un silencio tenso. La luz roja enciende sus pupilas.,, ¿Y las mías? No quiero saberlo. Agarro la foto aún pringosa, salgo de inmediato del cuarto oscuro. En mi marcha precipitada aún escucho sus palabras, rojas como el aire "te miré mientras dormías".

- Y esa tercera copa, era la mía.

La tetera pita, Vincent se dirige a la cocina. Mientras uso el ordenador y grito Eureka! El me pregunta, yo cambio de tema. No se lo diré, no me fío. No es más que un mirón. Seguiré sola, aunque sea a tientas.

Me atormentan esas últimas palabras. Entonces Vincent ¿también es marica? Fotógrafo o una especie de espía... No sé nada de él, salvo que tiene tres ojos y sus pupilas rojas me dan mucha grima. Claro que tal como suena, podría tratarse de un alienígena.

"Sé que te gusto" ¡Como pude decir eso! Si no le gustan las mujeres, entonces he hecho el ridículo. Quizás se veía frente a una loca y se limitó a seguirme el rollo.  De repente, siento rabia. Sin más, una cólera desmedida. Tanta, que arrugo la foto por los bordes y no me importa. Estoy tentada de mandarlo todo a la mierda.

Aliso la foto, es un mapa. Posiblemente, de la costa bretona. Y ¡ahí está! En el baño no la distinguí, por el rojo sobre rojo.  Ahora la veo claramente, una cruz roja en la playa. Allí es donde me dirijo y marco mi rumbo. Chispea, le birlo un paraguas.

Me despido con aspereza sin decirle que le debo un beso y una disculpa. Que me quedaría en esa habitación roja la vida entera. El pregunta, yo contesto con evasivas. Me dirijo a la estación a toda mecha dispuesta a coger el primer tren que salga hacia el oeste. He de recorrerme media Francia. Cruzo atolondrada avistando el local de Paul en el que aún no hay movimiento. Respiro hondo, huele a sándalo y la estancia parece bañada en violeta. En estas que me choco con una mujer bastante flaca que me resulta familiar y pego un respingo. Madame Tulipe suelta un gritito de disgusto. Se detiene, me reprende pero no la escucho porque ando atareada recogiendo del suelo todas mis cosas. Madame Tulipe recoge el libro que está en el suelo. Le tiendo las manos y ella me esquiva.

- Por favor, deme el libro.
- No nos quedemos aquí, en medio de la calle.
- Tengo Prisa.
- Las prisas no son buenas.
- Es ahora o nunca.
- Nunca no es lo mismo que jamás.
- ¿De qué me habla?
- De un mundo aparte, como Peter Pan.
- Busco a Pierre, no a Peter.
- Pierre, Peter... ¿Acaso hay alguna diferencia?
- No soy Wendy.
- Tampoco Monique y eso no te frenó ¿entiendes?
- Déjeme en paz, es una entrometida.
- Entrometida ¿yo? Válgame el cielo. Qué si me afecta... ¡Ni te lo imaginas!

Pues no, no entiendo. Pero no pienso indagar en esa cabeza de chorlito. Madame Tulipe me agarra del brazo y me arrastra hasta la acera. Una vez a salvo de los coches que no pasan, me alecciona en un curso intensivo de buenas maneras:

- Ande erguida. Pasos cortos. Alce la barbilla. Los hombros ligeros, como una bailarina.

Me recoge hace un improvisado moño a lo Grace Kelly empalado entre un par de horquillas.

- Le agradezco la intención, Madame. Pero sencillamente, no estoy para niñerías.
- Usted solita te embarcó en esto, la intenté disuadir y no sirvió de nada. Una vez dentro, tendrá que estar a la altura. Por el bien de las dos... Y la verdad, no la veo preparada.

Me coloca el sombrero con gracia. Me aparta un mechón de la cara. Y prosigue con su prerrorata sobre buenos modales. La señorita Rotenmeyer pretende hacer de mi una auténtica aristócrata ¡en dos míseros minutos! Imposible.

- Sea delicada. Prudente en sus opiniones. Emocionalmente, comedida. Compórtese como una dama o esos estirados, se la comerán viva. Hable en susurros, entorne los párpados. Frases cortas y anodinas. Voz pausada. Vocalice.

Oigo pero no escucho, estoy a otra cosa. Total, ¿qué habría de contarme? Esa mujer es una excéntrica. El libro, aún lo tiene. Tiro de él, no lo suelta.

- Ya se corrió la tinta. Las nubes se acercan.
- El libro, es mío.
- Una vez comience el juego, manténgase alerta y observe. Mueva ficha la última.
- Démelo, se lo exijo.
- Menos arrogancia, Mademoiselle. Antes de actuar, medite. Valore sus posibilidades.
- No me deja opción, iré a la gendarmerie si es preciso.
- Esto es serio ¿es que no se da cuenta?
- Es usted una ladrona. Se apropia de la propiedad ajena... Y en vez de devolverme lo que es mío, me viene con monsergas. Suelte el libro de una vez ¡Maldita bruja!
- Si andas por ahí robando nombres, Monique. Dime, entonces ¿quién es la ladrona?

Le arrebato el libro a la fuerza y apretando los dientes me escapo calle arriba sin mirar atrás para comprobar siquiera de qué color es su blusa. Me pareció verde musgo, a juego con sus pendientes de olivino. ¿O era gris? El olivino muestra tantos matices... Jadeo, respiro con dificultad. La carrera me tiene frita. Demasiadas tardes bajo techo, no estoy en forma. Verde, gris. Verde, gris... Estoy llegando, ya veo la estación. Verde, gris. Verde, gris... Me aproximo a la taquilla, un tren con destino a Nantes sale de Marsella a las 10:30 y pasará por Aix en 20 minutos. Perfecto, creo que ¡me vale! Verde, gris. Gris, verde... Eso ya no importa. Y es que tengo la mirada puesta mucho más allá. En una mansión frente al mar, al pie del acantilado. Una casa entre las nubes. Justo, en medio de la niebla.