martes, 26 de abril de 2016

RELATO: "Killin' time" o el último tipical Western.








Misery no aparece en los mapas, es un pueblo condenado a la arena. No queda oro ni pasto para las reses, hasta el ferrocarril prefirió pasar de largo y arrimarse al desfiladero. No es lugar para echar raíces sino guarida de ladrones, escondite de almas perdidas. Aquí es donde criaturas venidas a menos hacen malabarismos para mantenerse en pie a la espera de un golpe de suerte.

A primera vista, se trata de un día cualquiera, la única calle del Misery permanece desierta e inmóvil salvo por dos potrillos quarter horse que se miran atónitos frente al abrevadero y las notas de una guitarra acústica que flotan en el aire como asidas del mismo cielo. En apariencia, todo permanece en calma aunque la cantina se halle más concurrida que de costumbre. Gringo Watts anda ocioso y lejos de cabalgar de sol a sol envuelto en su guardapolvos, ya va por el tercer whisky. Espera visita y cuando llegue Hogan, no le pillará sobrio. Antaño fueron compinches y hoy ese malnacido viene a rendirle cuentas. Killin’ Time tararea Watts entre trago y trago al compás de esa guitarra invisible que gime con él. Bebe sin ganas, no le queda otra. Cansado de huir, por fin dará la cara y sabe que solo borracho se atreverá a disparar.
  


🎵You were the first thing that I thought of
When I thought I drank you off my mind
When I get lost in the liquor
You're the only one I find. 🎶 



De repente, la guitarra calla sin más dando paso a un silencio tan mordaz como el rojo sol del páramo.

- Venga, Clint, ponme otro whiski – Gringo Watts apoya con rudeza el vaso sobre la barra. 

- Que sea el último, Watts, ya has bebido bastante. – le advierte el cantinero condescendiente. 

- ¡Si es jugo de regaliz! – escupe -. ¿Acaso te ríes de mí? Soy ranchero, no maestra de escuela. 

- Imposible, es Bourbon de primera. Basta de juegos, cowboy y paga antes de que te maten. 

- Estúpido irlandés, a mí no me vengas con brebajes. – Gringo estrella el vaso contra el aparador, hoy no está para bromas y menos si provienen de ese almibarado fantoche.

Con el estruendo, Lupe desciende las escaleras en corsé, enaguas y una liga negra prendida del muslo. Gringo Watts nunca la ha visto medio desnuda, si bien la ha soñado cientos de veces. Lupe se dirige al cowboy contoneando las caderas y con un pañuelo de encaje que se saca del escote, le seca el sudor que le resbala por las sienes al tiempo que le clava las pupilas. Para, acto seguido, parapetarse detrás de la barra al lado de su marido. El yanqui la sigue con la mirada, cada paso le duele. Y canturrea entredientes mientras arrastra una cerilla contra la barba y enciende un Malboro light bajo en nicotina.

🎵And if I did the things I oughta
You still would not be mine
So I'll keep a tight grip on the bottle
Gettin' loose and killin' time.  🎶


-         

- No bajes así, mujer – alza la voz, socarrón, el tabernero. – Todos te desean y eres solo mía. 

- Chicos, pasa algo. Me asomé a la ventana y aunque apenas es media tarde, el sol se puso de un chasquido y de no ser por la lámpara de queroseno estaríamos a oscuras. No cantan las cigarras ni el lobo aulla a la luna perezosa. Además, alguien está haciendo señales de humo desde la colina y hace décadas que deportaron a los navajos - la beldad de Misery suspira y sus senos se inflan como accionados por un resorte -. Huele a muerte y me niego a dejar este mundo sin saber qué hay de interés en Iowa, tan secreto, que nadie quiere decírmelo. 

- Ni viviendo cien años lo descubrirías, solo hay polvo y moscas – Watts bromea en alusión al monótono medio oeste – Un día te llevaré a ver el mar, muñeca y subiremos a los rascacielos. 

Testigo de su complicidad, a Clint le hierve la sangre. Celoso, desea que Hogan entre de una vez y acribille a Watts ahí mismo. Fue él quien le dio el chibatazo, delató al gringo por mirar a su hembra como a un pastel de zarzaparrilla. Claro que no contaba con que el telegrafista le pondría sobre aviso. Mal hecho, ya ha pagado su indiscreción con el cableado enroscado al cuello a modo de torniquete. Hogan se retrasa y en Misery la puntualidad se lleva a rajatabla. Si toca llover, pues llueve. Si el coyote ha de zamparse una gallina, descuida que lo hará después de las tres y no antes, son las normas. El caos, dentro de un orden. Imprecisiones, las justas. El traidor consulta su selecto reloj de bolsillo y constata que se le paró hace tiempo. Menuda baratija luce, ni que le hubiera tocado en una tómbola. Las manecillas marcan las seis y tres, una hora anodina que coincide con el cese abrupto de los acordes y la conversión del licor en un jarabe dulzón e insípido. Se trata de Ginger Ale, de ahí que hasta tenga burbujas. En plena confusión Gringo busca una caricia en los ojos de Lupe. La encuentra. Se muere por besarla y susurra como poseído.


🎵This killin' time is killin' me
Drinking myself blind thinkin' I won't see
That if I cross that line and they bury me
I just might find I'll be killin' time for eternity 🎶


-     
¡Seréis zoquetes! ¿Aún no os dais cuenta? – emerge del rincón un forastero algo aturdido, anoche la partida de póquer acabó en trifulca y recibió un tremendo gancho de izquierda.

- ¿Qué hace éste todavía aquí? ¿No estaba de paso? - espeta Clint que se remanga amenazante -. Largo, DJ, no quiero tramposos en mi establecimiento.

- Así que ya no soy bien recibido. Tiene gracia que ayer mismo no le hicieras ascos a mi dinero.

- Esfúmate – chista Lupe al viajante -. DJ ya se iba – media entre los dos, intenta ganar tiempo.

- ¡Despertad de una vez! – DJ insiste – A ver, cómo explicároslo… Gringo, intenta recordar. A ver, ¿qué le hiciste a Hogan? Ni idea ¿verdad? Porque solo tienes presente, el resto es una mentira. El tal Hogan, un extraño y vuestra supuesta enemistad, pura pantomima.

- ¿Por qué habríamos de creerte, DJ? Si eres un puto negro. Y además, tramposo.

- Al menos sé qué hago aquí, al principio me pareció divertido. No me trajo un guión de mierda, vine porque quise. Compuse la banda sonora. Yo, ¡qué no soporto el country! Y accedí al cameo por hacer la gracia, para emular a Django desencadenado y jugar un rato a los vaqueros. De renunciar, ahora estaría Lebron atrapado en una taberna de cartón piedra y yo de fiesta en Miami haciendo mushups fumado hasta las orejas. Allá sí que corre el alcohol y no el aguachirri que sirves, mamón. Y olvídate de la chica, eres el feo y el malo juntos. ¿En serio, no sabes cómo va esto? Así funciona, ella se queda con el gringo. Y tú sobras, pendejo.

Por supuesto, nadie cree a DJ. Y Clint, fuera de sí, le cose a balas de fogueo.

- Ah! – DJ agoniza - Seré capullo. – se lamenta después de muerto -. Debí exigir un doble para las escenas de tiroteo – le rematan. – Atentos a mi perfil bueno - se retuerce hasta desfallecer.

Tomo nota, es chungo palmarla en el Salvaje Oeste, el sheriff nunca viene cuando le necesitas y hace un calor de cojones. Y en un cine de barrio improvisado, solo provistos de un proyector Bell&Howell de CinemaScope tan cutre... En efecto, Lupe, huele a muerte. Pues no hay olor más nauseabundo que el que desprende en su combustión la tira de celuloide. A todo esto, ¿dónde estarán los extintores?


🎵This killin' time is killin' me
Drinking myself blind thinkin' I won't see
That if I cross that line and they bury me
I just might find I'll be killin' time for eternity. 🎶


* Para Santos, mi padre y el mejor compañero para este gran viaje. 




martes, 19 de abril de 2016

RELATO: "Casanegra".








Como cada domingo, Rick se recorría el barrio residencial en bicicleta repartiendo periódicos por todas las parcelas. Los lanzaba con un estilo peculiar, describiendo una parábola tan perfecta que no lograría interceptar ni el mejor pitcher de los Medias Rojas. Claro que aquella mañana no se esmeró en el tiro como tenía por costumbre, tenía que hacerse oír en medio de aquel idílico bienestar de anuncio. Ni siquiera se entretendría en golpear en el capó a los flamantes Chebrolets que encontrara a su paso. Porque aquella madrugada había pasado algo importante, en la portada del New York Times relucía un notición de primera: Men walk on moon!!!  Clamaban los titulares, esos mismos que Rick transmitía a voz en grito. Un torpedo con rizos, camiseta a rayas y pantalones cortos que dejaban a la vista unas rodillas llenas de costras y unas pantorrillas tan suaves como el beso de un bebé. Jadeaba de puro júbilo, no pasan cosas así todos los días. A lo Miguel Strogoff, se creía el mensajero. Ni que viniera pedaleando desde Cabo Cañaveral.

Y no habría parado hasta aparcar la bici en su desolada marquesina de no ser por el silbido de Louis que le llamó en pijama, algo desmejorado en los últimos tiempos y pálido como un cadáver. Asomó medio cuerpo por la puerta principal en un estado de alerta obsesiva, cercano a la paranoia, que combinaba muy bien con la fachada gris oscura casi negra del fúnebre color de la desesperanza. Siempre fue un poco maniático, pero por lo visto, aquello había ido a más. Flaco, desabrido. Miraba con aprensión como lo haría un búho en plena noche girando sin descanso las pupilas, clavándolas como punzones. Aun así, Rick se le acercó tan campante. Siempre agradecía unas palabras amables, lo cierto es que odiaba estar solo. De modo que adolescente y treinteañero entablaron conversación.

-          Oye, chico. ¿Es verdad lo que dicen?
-          Pues claro, Louis. ¡En qué mundo vives! - Ante el asombro de Lou, el niño insiste - . Hemos llegado a la luna, ¿no lo has visto por la tele?
-          Entonces esto lo cambia todo. ¿No te das cuenta? Si de verdad ha ocurrido, nos enfrentamos a una crisis mundial sin precedentes.
-          Qué va, si es alucinante. Pronto aterrizaremos en Marte como el Capitán Scarlet.
-       No te haces cargo, Ricky. Verne ya anunció que pasaría, ese tipo fue un visionario. Sus novelas están repletas de profecías. En “Robur el Conquistador” ya volaban helicópteros y aparecen transatlánticos en “Una ciudad flotante”. Hasta recreó el cine sonoro en “El castillo de los Cárpatos” y acertó de pleno, todo ha pasado.
-          Venga ya, Lou, tu escritor solo era un tipo con suerte.
-          Vale, no practicaba magia como Rasputín ni predijo guerras como Nostradamus pero era un clarividente. Ese hombre era capaz de contemplar el más allá como si manipulara una bola de cristal y veía el futuro tan nítido que podía olerlo. Si hasta auguró la conquista de los polos en “La esfinge de los hielos” y el descubrimiento de las fuentes del Nilo en “Cinco semanas en globo”.
 -          Que Verne tuviera o no superpoderes, eso ya no importa. Que te hablo ¡¡¡de conquistar las estrellas!!!
-          Tiene que ver y mucho. Si soñó con viajar a la luna y ha pasado, por las mismas, otras historias de ciencia ficción podrían hacerse realidad…
-          Ojalá, menuda aventura. 
-          Te equivocas, Rick. No sería agradable, en absoluto. Es más, deberías estar temblando solo de pensarlo. Si otras historias fantásticas ocurrieran aquí y ahora... Créeme, sería una auténtica locura. Si damos crédito a los relatos de Isaac Asimov, George Orwell, H.G.Wells, Arthur C.Clarke o Ray Bradbury… Prepárate para lo peor, chico, se avecina el apocalipsis.
-          ¿Entonces podría venir King Kong y pisar edificios?
-      Por supuesto.  También podrían despertar los muertos y atacarnos marcianos de todos los colores.
-          Uuuauh, molaría.  
-          No es tan difícil, hasta podría estar en marcha una invasión de ladrones de cuerpos y no darnos cuenta. Tu padre, sin ir más lejos. ¿Siempre fue así de serio? ¿A que no? Pues eso explicaría que de un tiempo a esta parte…
-          Eh, tú. ¡Cuidadito con lo que dices! Que mi padre solo está pasando una mala racha y si bebe es porque le duelen las muelas.    
-          Ya no jugáis al béisbol en el parque.
-          Bueno. ¿Y qué? Ya soy mayor.
-          Tal vez ya no sea él y te lo hayan cambiado por un alien en plena noche.
-          ¡¡¡Mientes!!! Estás enfermo.
-          Ni hablar. Mira a toda esa gente con sus sonrisas tontas. ¿Lo ves? En comparación, soy el más cuerdo de todos. Ahí los tienes, tan despreocupados, tan felices.  Desentendiéndose de lo trancendente, disfrutando del maldito sueño americano. Si supieran que en cualquier momento podría estrellar un meteorito contra La Tierra no perderían el tiempo paseando al perro. ¿No crees?
-          ¿Lou, estás seguro?
-          Completamente. Y la llegada a la luna no es sino el principio. 
-          Caramba, tanto ahorrar para un Chevrolet y resulta que se acerca el fin del mundo. Cambio de planes, mejor me empacho a helados.
-          Espera, que me calzo las deportivas y te acompaño. Si comenzó la cuenta atrás, por qué no darme un último capricho antes de que me aplasten como a un tulipán.

Lou consiguió a duras penas salir de casa con la camiseta desbocada de Superman después de cuatro meses de enclaustramiento sin atreverse a salir ni tan siquiera al buzón del correo. Rick ya nunca más esperaría inútilmente a su padre en el porche botando contra la pared la pelota de pitcher durante horas. Ambos caminaron hasta el quiosko de la playa al paso de Lou que arrastraba las zapatillas charlando sobre el avistamiento de platillos volantes y vestigios de civilizaciones perdidas. Se embarcaron en la búsqueda de un diccionario inglés-élfico y de un detector de metales teledirigido capaz de localizar bajo la arena restos de barcos vikingos.

Han pasado doce años y todavía hoy siguen siendo colegas. Tienen bastante pinta de frikis con los ojos como platos tras sus impertérritas gafas de concha. Rick lleva coleta y el emblema de Gotham tatuado en el brazo. A Lou ya le clarea el pelo, por eso se cubre la cabeza con una gorra de los Gremblins. Desde que estrenaron Encuentros en la tercera fase suelen acudir juntos al cine, provistos de papel y boli dispuestos a tomar notas. Están convencidos de que las películas de Spielberg guardan toda suerte de mensajes encriptados. Están al corriente de cada mito o profecía, aunque su máxima prioridad ahora es el inminente ataque de un ejército zombi.  Son radioaficionados, adictos a los bagles con salmón y queso. Trabajan de empleados en un videoclub del barrio y juegan a Dragones y Mazmorras hasta el amanecer.


Pues el alunizaje fue el detonante, sin duda revolucionó el mundo entero. Un pequeño paso para el hombre y en cuanto Rick y Lou fue mucho más que eso. El puto génesis, la milla cero. El principio de otra gran amistad... Esta vez, en Casanegra. Se repite la historia, otro Rick y otro Louis que esquivan la soledad fumando gauloises en el aeropuerto. Avistamiento de ovnis, aeroplanos furtivos... Más de lo mismo. Tendrías que escuchar sus malditos chistes, todos en blanco y negro.






martes, 12 de abril de 2016

RELATO: Poco ruido y menos nueces.








Helga llegó a Templehof, residencia de niños sin hogar la víspera de Navidad vestida con un pichi a cuadros y unos zapatos de charol color cereza que desataron entre los huérfanos todo tipo de comentarios malévolos con un denominador común: Esa niñata no es de los nuestros. Ciertamente, sus pies parecían piruletas y tan golosos resultaban a la vista que el pequeño Karl se acercó a gatas para lamerlos y decepcionado, le dio por hacer pucheros. Pues aún sabían a cera de abeja con la que su antigua doncella les proporcionó tanto lustre, 

-          Has hecho llorar a Karl. – El gigantón de Klaus se encaró con la princesita.
-          Eso le pasa por arrastrarse como un perro. – Helga no se amilanó lo más mínimo.
-          Serás engreída…  – Klaus era el mayor, hablaba por todos –. Niñata, vuelve a tu castillo.
-          Eso. ¡Largo! – Le secundaría Helmut en su labor de esbirro confeso.

Esta claro que entró con mal pie, su primer día no pudo ser más desafortunado. Con el acento bávaro y esos andares de muñequita pronto la llamarían Sisí y arrancarían en cantos tiroleses cada vez que doblaba la esquina. Llegó la comida de Adviento y la niña de Munich continuaba siendo el foco de todas las burlas.

¡Crac..., crac..., crac!...; estúpidos ratones..., cuánta tontería; ¡crac, crac!...; Partida de ratones..., ¡crac..., crac!..., todo tontería.

A cada ausencia de la cocinera que no paraba quieta, sus compañeros de mesa le aplastaban una patata asada, le birlaban el pan o le pisaban la servilleta hasta que la nueva ya no pudo más. Entonces se puso en pie y presa de rabia y orgullo, agarró el jarrón de margaritas que coronaba el mantel y lo estrelló contra las losas del suelo tapándose la cara con ambas manos para luego escapar a recluirse en un recodo desolado del descuidado jardín trasero. Dejaba atrás las voces de los niños que la increpaban. Y como en el cuento, pronto despertarían los ratones…

Tocó tres veces una campanilla y gritó al tiempo: ¡Confitero!.. ¡Confitero!... ¡Confitero!... Instantáneamente cesó el tumulto; cada cual procuró arreglárselas como pudo.

-          Basta, Mequetrefes – Acudió la cocinera -. Otra trastada ¡y os quedáis sin postre!

Dicho esto, dejó la bandeja repleta de hojaldres sobre el aparador y siguió a Helga  hasta el viejo fresno donde se había parapetado la cría en busca de calor si bien temblaba de miedo y de frío pues tras el otoño y sin sus hojas de cobre, el leñoso grandullón ya abrigaba un poco menos. A Helga se la veía tan diminuta bajo las ramas desnudas que la cocinera se sentó a su lado y sin mayores preámbulos le entregó una nuez dorada.

"Hum..., hum..., ¡ah!..., ¡ah! ¡Eso sería cosa del diablo!" Al fin, echó al aire la montera y la peluca, abrazó a su primo con entusiasmo y exclamó: "¡Primo, primo! Estás salvado; te digo que estás salvado; si no me engaño, tengo en mi poder la nuez Kracatuk".

-          Feliz Navidad, Helga.
-          ¿No estás enfadada conmigo? Creí que vendría a reprenderme.
-          Toma, es la nuez Kracatuk – Ante la cara perpleja de la niña, prosigue – Al sur de la Selva Negra todos los niños la conocen.  
-          ¿La del cuento de Cascanueces?
-        Pues claro. ¡Cuál sino! – Dejó escapar un suspiro y se armándose de paciencia continuó su perrorata -, Hace muchos años, por Navidad precisamente, vino un forastero a un pueblo montañés de la vieja Bavaria con un saco lleno de nueces que vendía baratas. Delante de la puerta del zapatero remendón empezó a reñir con el vendedor de nueces del pueblo, que le atacaba, molesto porque el otro vendiera su mercancía, y para defenderse mejor dejó el saco en el suelo. En el mismo momento un carro muy cargado pasó por encima del saco, partiendo todas las nueces menos una, que el forastero, riendo de un modo extraño, le dijo al zapatero que se la vendía por una moneda de plata del año 1720. Sorprendente le pareció encontrar en su bolsillo una moneda justo de aquel año; compró la nuez y la doró, sin saber a punto fijo por qué había pagado tan caro una simple nuez y por qué la guardó luego con tanto cuidado."
-          Paparruchas. ¿No pretenderá que me trague semejante memez? Ya soy mayorcita para creer en duendes y habichuelas mágicas.
-          Debería dar cuenta de tu rabieta a la directora pero lo dejaré pasar, solo por esta vez, a condición de que guardes bien la nuez y vuelvas al comedor como si tal cosa.
-          Lo sé, me he portado como una estúpida. Pero es que me hostigan de tal forma…
-      Igual que Fritz, el hermano de Marie, rompiera el cascanueces en el cuento navideño de Hofman y el padrino de la niña lo arreglara con un sortilegio, tu jarrón también está enterito, la nuez lo ha recompuesto. Entra ahí e ignora a Klaus que viene a ser nuestro rey de los ratones y pronto comprenderá que eres una más, tan desdichada como ellos.
-          Pero ¿y si me…?
-          Ten paciencia, no son malos chicos. Sienten la misma ira que tú porque su vida se ha ido al traste. Te suena ¿no? – A lo que la muchacha asiente - Ahora otra pelea y estás perdida, Helga. Es tu última oportunidad, ¿entiendes? Si contravienes de nuevo las normas, alguien dará parte de ti a dirección y sabrás lo que es disciplina… Cuéntate los dedos, diez exactos ¿verdad? Pues créeme, no querrás saber para qué usa froilain Smidt las tijeras de podar en su despacho…
-          ¿Por qué me ayuda?
-          Yo también llegué aquí de niña, desde Munich con flores bordadas en el pichi, dos trenzas enlazadas y arrastrando ¡cómo no! esa maldita erre. Pero todo aquello quedó atrás, ya casi ni me acuerdo – Dette se encogió de hombros y mentía, por supuesto.

Helga entró en razón y volvió al comedor para retomar la comida tiempo atrás, minutos antes de que la cocinera sirviera el estofado. Mientras, Dette seguía sentada bajo el árbol centenario, el mismo que una vez sorbió sus lágrimas hace doce años cuando añoraba el blanco edelweiss y la nevada cumbre del Matterholt emergiendo de entre las nubes bajas.

¿Quién boga por el lago de las Rosas?... ¡El hada!... Ondas del torrente, agitaos, cantad, observad... El hada viene. Ondas rosadas, agitaos, refrescad, bañad.

Dette se desprende del guante y se chupa el muñón del dedo. De sobra sabe que en el orfanato salen muy caros los berrinches. Pero no está triste, todo lo contrario. Sobrevivió a aquel infierno, es lo único que importa. Se quita el otro guante y la cofia, también se desanuda el delantal decidida a no volver jamás ahí dentro. Y es que una vez cedida la nuez krakatuk, ha cumplido su deuda. Respira hondo, por fin puede marcharse de ese horrible lugar. Cruza la verja que chirría como el primer día, ya nada la retiene allí. Titubea… No, ni siquiera Helga. Marcha a hurtadillas, cual fugitivo. Huye como llegó, solamente con lo puesto.

¡Tac, tac, tac!; todo debe sonar con poco ruido...; el rey de los ratones tiene un oído muy sutil...

Se va en silencio, salvo por el crujir de esos zapatos del mismo cálido tono que la calabaza madura a los que nunca renunció así pasara toda una década. Auf Wiedersehen, TemplehofA cada paso rasga las hojas secas sin apenas dejar huella en el suelo mullido. Tras de sí, solo quedará aquel intenso aroma a estofado que deliberadamente derrocha pimentón y acaso una nuez dorada en un bolsillo a cuadros. Poco ruido y menos nueces... Mira atrás y no siente nada. 







viernes, 8 de abril de 2016

«La Lectora del barrio francés» Agradecimientos y album de fotos





«La Lectora del barrio francés»
Luces y sombras de Nueva Orleans.



Mi novela de los viernes.  






Agradecimientos 


        Bueno, llegó la historia de Grace a su fin y estoy feliz y cansada. Feliz tras conseguir enlazar la historia hasta llegar a un remanso de paz desde donde los personajes partirán solos. También satisfecha por haber dado eco a muchas citas del poemario francés a un público tan empático y sensible. Y por encima de todo, lo que estoy es agradecida por tener unas amigas lectoras tan amables, cariñosas y volcadas en la lectura que así da gusto escribir. Supongo que lo sabréis, no me vale cualquier lisonja. No juego a eso de qué estupendos somos todos y aprecio muchísimo las opiniones sinceras y héte aquí que me he rodeado de personas sencillas, honestas, con una cultura exquisita y muchísima curiosidad que me han amparado, me han seguido.  Habéis creído en mi y yo también me he visto. Pudiendo hacer mil cosas con vuestro tiempo, se lo habéis dedicado a este pequeño mundo creado donde no quería estar sola. 



En nombre de Celine y en el mío propio, os dois las gracias por acompañarnos todo el camino. A ella le ayudasteis comprender y enmendar errores. A mí, a aguantar ahí, al pie del cañón. Trabajamos codo con codo. Y como catalizador, de lo contrario mi narradora y yo habríamos terminado como el perro y el gato :)


* Mela, mi maestra. Me has infundido tesón, constancia. Ganas de seguir, aguardaba tus palabras. Hacías que la historia cobrara forma, se volviera casi real, palpable y conseguías que brillara. 


* Esther, mi detective privado favorito. Siempre un paso por delante, sopesando que pasará después. Me infundiste curiosidad por detalles que no debía pasar por alto y estar alerta a cada matiz. 


* Leo, con tus dotes de observación y tu pasión por la vida conseguiste que me empapara de todo. Contigo aprendí que los personajes debían vibrar de emoción. Sentir, en definitiva. 


* Rocío, tú me trajiste la brisa joven, fresca. La música y el dinamismo. Disfrutabas a cada giro inesperado y me lo transmitías. 

* Y Margari, que llegabas por sorpresa con la sonrisa puesta. Trajiste luz cada atardecer, poniendo el broche final a cada capítulo.  

Este es mi equipo lector, un elenco de maravillosas personas en todos los sentidos. Mi tesoro, mi as en la manga. Con vosotras no podía fallar, me guiasteis hasta aquí. 

Muchísimas gracias. 


Quería desvelar un último misterio. Mi invitada especial es singular y en su peculiaridad descansa el trasfondo de toda esta historia. Queridas, esta es Kouassi y la más enigmática de nuestras heroínas.  





      Y funciona tal que así: 





Y para que te hagas la tuya propia, de papel, fieltro o tela que guarde parecido contigo o con alquien a quien aprecies mucho, te dejo aquí un modelo más moderno y los patrones ampliables de su carita risueña. Ponle un nombre y será tu Kouassi. O lo que es lo mismo, tu angelito de la guarda. 







Como curiosidad, podría añadir que si buscáis a Kouassi en internet os encontraréis con Jean Evrard Kouassi, un futbolista de N'Damien (Costa de Marfil) que tras debutar en el Moossou, equipo de su país de origen y destacar en el Hajduk Split croata, ahora juega de centrocampista en el Shangai SPIG F.C y es una de las estrellas de la Liga China. Casado con Bakayoko Aminata y padre del pequeño Ivan Kouassi, le encantan los helados, es alérgico a las gambas y todavía no le ha visto la gracia a los rollitos de primavera claro que esa ya es otra historia...

Volviendo a Grace, quizás os pique la curiosidad de como le fue después. A ella y nuestros más queridos amigos ¿? Pues me hice con el álbum de fotos de Grace. ¿Echamos un vistazo? 




Álbum de Grace




























Diría que bien, ¿no crees? Pasó el peligro, se despejaron las sombras. Por lo que llega la despedida. Bonne chance, mes amis!!!  A partir de aquí, dejemos que viajen solos. 







martes, 5 de abril de 2016

RELATO: "El héroe de los ratones".





En mi caso, sargento, duele remontarse a la juventud. Por aquel entonces era un muchacho avispado, ambicioso, un galán insaciable. Releía los ecos de sociedad, emulaba a Rodolfo Valentino. Un maestro del engaño, un orfebre de la seducción. Mi arte, robar pensamientos para luego venderlos al mejor postor.

No me malinterprete, agente. Mis únicas armas eran una bicicleta Folmer & Schwing de color verde botella que encontré frente a un pajar y mi célebre cámara Graflex de 4x5 pulgadas que gané al póquer. Asimismo, contaba con un porte magnífico y una sonrisa radiante que acostumbraba a lucir en actitud despreocupada junto con una pitillera de plata presente de mi más sonada conquista. Lo cierto es que poseía un don, una vez cogía el cigarro entre los dedos índice y corazón me tornaba irresistible. Y con semejante carta de presentación, comprenderá que fuera bien recibido en los ambientes más selectos. Naturalmente, desconocían mi modesto origen. Figúrese, el hijo de un carnicero alternando por lo fino. Divulgué el rumor de que tenía sangre sajona y un ancestro cruzado que a la par de encumbrarme, justificaba tanto mi acento norteño como esos modales poco pulidos que causaban furor entre las damas. Y créame, funcionó por un tiempo hasta que, aborrecido de tanta lluvia, abandoné la isla y me trasladé al continente.

Deleité en París, fasciné en Lisboa, en Florencia causé sensación… Supe que cautivaría en cualquier parte. De modo que me aventuré en busca de sol, Venecia sería destino. Asistiría a La fete de Venise en el Palazzo dei Leone. Atravesé la columnata con tal arrogancia que el propio embajador inglés acudió a mi encuentro. No me considero un gigoló, me veo más como un íntimo amigo. Accedería a ella, me colgaría de su brazo y una vez a su vera, sería mi bella marioneta y despilfarraríamos hasta la ruina.

El palacio fue adornado para la ocasión con sorpresas, excesos, cascabeles y damascos. Los camareros servían cordiales y refrigerios exhibiendo pecho y torso tras una hoja de parra. Hermosos Adonis o si lo prefiere, agente, Adanes del paraíso. Pues aquel recinto embelesaba de tal forma que salpicado de orquídeas y el siniestro deslizar de Najas Siamensis semejaba en su conjunto a la mismísima jungla. Pequeñas guaratingas aleteaban con dificultad esquivando los quejidos del arpa de boca vietnamita, los suspiros de una flauta de bambú como en Jaipur y el sobresalto del Hang Drum manchú que anunció la llegada de nuestra anfitriona, la Marchesa, a eso de la medianoche. Ahí estaba Luisa Casati, genuina, pura llama. Pelirroja y esbelta, heroína de novela, musa de pintores. Todo ojos, los llevaba perfilados en gena y mojados en belladona haciendo de sus iris dos lagos verdes sobre lava negra. Tres gotas justas porque es veneno, de nuevo acariciando el peligro, prometiendo aventuras perturbadoras, más allá de lo imaginable. Bajó la escalera despacio. Cada escalón, una pose. Acompañada por un chimpancé enjoyado y una hermosa pantera iniciaría su estudiado descenso retando decenas de miradas para terminar posándose en la mía. Ningún hombre a su vera. ¿Por qué habría de hacerlo? Era libre, sin ataduras y en una noche sin luna deseaba elegir, solo con un gesto le lloverían los mecheros.

Pero me adelanté, encendí mi cigarrillo primero lo que me dio cierta ventaja. Se detuvo en seco propiciando un singular tête–à–tête, un pulso entre titanes. Nos acercamos hasta olernos y socarrón de mí, pude confirmar mis sospechas. En efecto, la diosa ya no era tan joven, su belleza declinaba al mismo ritmo que su fortuna. Conversamos desvelando nuestras cartas claro que yo jugaba sucio pues me guardaba un as en la manga. Llegado el momento, alcé mi extraordinaria cámara reflex con espejo de un solo objetivo y merced al destello del flashbulb, la tomé por sorpresa.  Capté su nítida imagen, el flash de bombilla detonó la chispa y un resplandor blanco intenso la cegó para iluminarle las entrañas. Tras sus pupilas dilatadas, su interior se me reveló como una veta de oro. Sus secretos, cheques en blanco. Su mente, un libro abierto. La tenía delante con el alma desnuda, a mis expensas. A pesar de las apariencias, Luisa María Casati seguía siendo una niñita ingenua. Es más, una romántica incurable.

Aún gozaba de mi golpe de suerte cuando reparé en otros ojos que me atravesaban como dagas, eran los de la pantera que custodiaba marcial a su glamurosa ama. Me había calado, lo leí en esos dos botones de hielo azul que destellaban cargados de amenazas. Y comprendí que de seguir acechando a su protegida, no me aguardaría el acero de la espada. Tanto peor, a poco que desplegara mis encantos aquel gato gigante me arrancaría la cara de un zarpazo. Y como pasados dos minutos aún seguía allí, el felino se puso en guardia. Encrespó la cola, erizó el bigote, ladeó la cabeza. Tras mirarme fijamente abrió la boca y haciendo gala de una frialdad pasmosa me enseñó los colmillos a modo de advertencia. 

El bufido que vendría después me derritió. Un puro alegado de rabia, aquel era su último aviso. Obediente, hice ademán de soltar mi precioso aparato para que estallara contra el mármol en mil chasquidos como señal inequívoca de que renunciaba a la cacería. Si bien, el azar jugó en mi contra, con el meneo que le propiné a la cámara se quebró la campana de vidrio del flash liberando polvos de magnesio que en contacto con el oxígeno del vino espumoso y el carbono que despedían las antorchas formaron de inmediato carbonato de magnesio y por ende, una grotesca forma de complicarme la vida. Ya ve, qué ironía, le debo mi debacle a un insípido polvillo blanco similar al talco que utilizan gimnastas y escaladores por su gran adherencia. Y es que me quedé pegado a la reflex con ambas manos sin poder desprenderme de ella, lo que provocó el enojo del escolta que saltó sobre mí sin pensarlo dos veces. Minusvaloré a mi anfitriona, diva histriónica donde las haya y cometí un craso error mofándome de sus excentricidades. Bajé la guardia, pensé que acorralar a tan jugosa presa sería tarea fácil. 

Ahora soy un tipo corriente, sargento. Estoy infelizmente casado con mi prima Gwen, tengo seis ruidosos hijos y paso los veranos en Loch Lommon enfundado en mis botas de agua plantando petunias descoloridas que se pudrirán en cuanto llegue el invierno. Mi sex appeal se esfumó, tras aquella vejación nunca me repuse. Ahora trabajo de carnicero como mi padre en un mercado de Glasgow, llevo una vida sencilla y en general, modélica. Salvo por algún desliz ocasional como el que hoy me ha traído a su despacho y que, a mi entender, no pasa de mera travesura. De acuerdo, juré no volver a Italia, las burbujas me producen nauseas y tengo el feo hábito de retorcer el cuello a gatos pardos en oscuros callejones, los cuelgo de un gancho de trinchar y me fumo un Embassy en su cara antes de reventarles los ojos. Pero a ver, honestamente. ¿Acaso no haría usted lo mismo si una pantera se le hubiera orinado encima frente a una fuente de champán delante de seiscientos invitados?

Me deshago de los gatos (*), lo confieso, pero solo en noches de luna nueva. Por supuesto, si no llueve. Y convendrá conmigo, sargento, en que por estas latitudes los cielos despejados son un mito, eso no pasa más que muy de tarde en tarde. Basta con asomarse a la ventana. O mejor, compruébelo en el weather forecast si no me cree. Total, dos gatos al año. Vamos, hombre, no es tan grave. Mírelo desde otra óptica, soy el héroe de los ratones.   




* NINGÚN ANIMAL SUFRIÓ DAÑOS DURANTE LA ESCRITURA DE ESTE RELATO.  
      Mela, Esther, disculpadme por este desdén a los gatos, prometo que es pura ficción.  

        

martes, 29 de marzo de 2016

RELATO: "La doncella del Titanic".







Ya ha pasado medio siglo desde el naufragio pero cómo olvidar si de un tiempo a esta parte no se habla de otra cosa. El Times del lunes, sin ir más lejos, me disponía a fumar un Montecristo en el club de la calle Queensway cuando el diario me cegó con ese titular morboso que no deja en paz a los muertos: MEMORIAS DEL TITANIC, EN SU 50 ANIVERSARIO. Siempre ahondando en la herida, cómo si no recreara ya aquel triste episodio cada noche en toda su atrocidad con mis pesadillas. Aún despierto, a menudo cruzo un semáforo y me pongo en guardia. Toda esa gente, a la deriva… Me trae de vuelta aquellos gritos ensordecedores solapados con el crepitar de las olas. Y de todo el horror que contemplé, un rostro de mujer me conmueve por encima de los otros. Fue en el Salón Oriental donde la vi, la orquesta tocaba el foxtrot de moda, un chelista chapoteaba siguiendo el ritmo y ella, impecablemente uniformada, se esmeraba en arreglar los cuantiosos estropicios de la sala.


- Señorita, apresúrese, ha de evacuar el barco. Rápido, busque un bote salvavidas. No se demore, el tiempo corre en su contra.

- No, no puedo marcharme. Me lo dejó bien claro el comodoro, el suelo de esta estancia ha de estar reluciente las veinticuatro horas del día.

- Hágase cargo, las reglas han cambiado. Todo eso ya no importa, ahora urge ponerse a salvo.

- Entonces ¿Por qué tocan los músicos?

- Para inspirar calma en medio del caos, son profesionales.

- Pues por las mismas, yo mantendré impoluto el salón para aparentar normalidad y que ellos se mantengan serenos. Caballero, yo también me tomo mi labor muy en serio y ahora déjeme hacer, que con tanta cháchara se me acumula el trabajo.

El mar ganaba terreno, ya nos cubría por las rodillas y la doncella seguía frota que te frota con la piel en carne viva. Le pedí que desistiera, hasta llegue a agarrarla de la cofia pero se zafó de mí y volvió a la carga.


- Daré de usted excelentes referencias, miss… - tras un breve vistazo a las iniciales bordadas en el delantal, me aventuré – ¿Miss Daisy?
- No es Daisy sino Dorothy, pero todos me llaman Dotty y en estas circunstancias… - se encogió de hombros - usted es lo más parecido a un amigo que tengo.
- Me retracto, entonces. Vuelva a Londres, miss Dotty y nadie le reprochará nada. Es más, le lloverán los empleos. No vi jamás una entrega semejante.
- No me hable de lluvia, señor. Solo faltaría qué se pusiera diluviar ahora ¡Por Dios bendito! – la doncella medio ríe, medio llora, su cara es un poema prerrafaelista.
- Es usted muy terca, muchacha. Dígame sin tapujos. En verdad. ¿Por qué hace esto?
- El Titanic se hunde.
- En efecto, señorita, mayor razón para desalojar el barco.
- Yo no lo veo así. Mire a su alrededor, es un trasatlántico precioso…
- Pues sí, ciertamente. Y seamos realistas, en cuestión de minutos quedará sumergido para los restos.
- Justo por eso he de encerar la madera para que sea impermeable y soporte bien la presión y la humedad. Así, cuando lo encuentre más adelante algún equipo de buceo lucirá deslumbrante y ostentoso, como el palacio de La Atlántida. Sino figúrese, tanto buscar para luego llevarse un chasco.

Qué añadir ante tal argumento disparatado donde los haya y también romántico como pocos. No insistí más y la doncella prosiguió en su tarea suicida, me recordó al pequeño San Agustín tratando de vaciar un pozo sentado en la playa. ¿Osadía? ¿Delirio? Me temo que ambas cosas. Por supuesto, se trataba de una empresa estúpida y a la vez tan deliciosa que decidí quedarme a hacerle compañía. Para ser honestos, también tendría algo que ver que su cuello se contorsionara como el de un cisne y sus pecosos brazos se movieran con la gracia de una primera bailarina en un ballet mágico de objetos maravillosos que se elevan tintineando a la primera de cambio.

Fue entonces que el casco se inclinó considerablemente, el diván de seda salvaje con motivos en cachemir se deslizó por la estancia como un cochecito de feria y el piano lacado en blanco-marfil terminaría por estrellarse contra el mueble bar en un sublime estruendo de acordes. Lástima, el ballet tomaba por momentos el cariz dramático de la ópera, nevaban vidrios astillados verdes y ambarinos mientras el champán estallaba despreocupado en efervescentes nubes de espuma. Así es, adornos y demás filigranas levitaban en plena devastación con un grotesco aire de fiesta, nunca pensé que la debacle pudiera ser tan hermosa. Entretanto, miss. Dotty seguía arrodillada paño en mano, rebañando la lata de cera Kendall Mfg & Co que ya estaba casi vacía. 

La doncella se balanceaba al mismo son que los cuadros de las paredes que para permanecer derechos se deshacían en malabarismos. Me llamó la atención una exquisita marina de Turner, un mar dentro de otro, que se mecía luminoso bajo su sol de mentira. Así como el majestuoso retrato de su graciosa majestad el rey Jorge V quien, lejos de tartamudear, se limitaba a mostrar su preocupación ladeando con el vaivén compulsivamente la cabeza. Cuando el barco, de repente, zozobró precipitándose sin red en un ángulo imposible. De la ópera al circo, más difícil todavía. Las alfombras de Damasco volaban como en tiempos de Aladín y las semillas del té chai masala vagaban a duras penas cual barquitos de papel. Me dirigí por última vez a la doncella, acuciaba salir de allí de inmediato.

- Querida, ya basta. ¡Si lo ha dejado inmaculado! Venga conmigo, es ahora o nunca.

Declinó mi invitación con un gesto coqueto y forzado, haciendo gala del suficiente temple como para disfrutar de lo cómico de la situación. ¿Cómo se atrevía a bromear? ¡Al borde de la catástrofe! Aún hoy me resulta incomprensible aunque asimismo el menor de los misterios en aquella noche peregrina.

- Si un aristócrata me ofrece gentil su brazo para salir a tomar el aire, es que el mundo está del revés.

Así era, al menos, abordo de nuestro ataúd gigante. Sino cómo se explica que las lámparas de araña danzaran como medusas y la ruleta virara del rojo al negro a capricho. La besé en los labios, fue superior a mí y la habría acompañado hasta el final de no ser porque ella me apartó de su lado.

- Vamos, márchese. Yo no tengo nada que perder. En cambio, a usted seguro que le espera una bella prometida en alguna parte. Se casarán, jugarán a la canasta, saldrán a la caza del zorro y todo eso.

Asentí y ya me alejaba tambaleándome cuando la doncella silbó y sin dudarlo me di la vuelta. Para entonces, ya resbalaba tratando de mantenerse erguida y empapada en alcohol se agarraba al surtidor de la cerveza.

- Haga algo importante con su vida, señor.
- Apuraré cada minuto, lo prometo.

Ya en cubierta, me disponía a saltar cuando eché un último vistazo a través del ojo de buey art decó mientras sobrevenía un crujido indescriptible y asomaba desproporcionada la popa. El trasatlántico enfilaba la vertical, en breve se lo tragaría el océano. Conforme se acercaba el fatal desenlace, a mi doncella le fallaban las fuerzas y abatida, soltaba la cañería con los brazos entumecidos. Pero ocurrió algo fuera de lo común, más extraordinario si cabe que aquel desparrame de sombras chinescas. El suelo estaba tan febrilmente encerado que miss Dotty patinó cuesta abajo alcanzando una velocidad vertiginosa de modo que el salón se convertió en una rampa de lanzamiento por la que la muchacha tomó carrerilla hasta desaparecer sin dejar rastro. Por alguna extraña convergencia de parámetros telemagnéticos o ultrasónicos o termodinámicos o psicótrónicos, por algún fenómeno científico de nombre tan enrevesado como para trastabillarme al pronunciarlo, digo yo que miss. Dotty se volatizaría. ¡Qué sé yo! Soy corredor de bolsa, no doctor en física cuántica. No doy más de sí, de hecho, esto me supera.

De ahí que ahora me tiemblen las manos con el Times desplegado sobre la mesa al leer por enésima vez una de las CARTAS AL DIRECTOR que me tiene en vilo. De nuevo esas siglas, que bien podrían ser de cualquiera, pero me consta que son suyas pues acompañan una nota casi críptica por lo conciso y en esencia, un tanto absurda: “Un barco fabuloso, todo un emblema. Y aún sepultado en las profundidades, doy fe, descansa impoluto. Ya lo comprobarán en su momento.” Fue leerla y se me encogió el corazón. D.L.S, me digo y huelo a una anodina mezcla de pachuli con sal, cera Kendall y desinfectante. D.L.S, repito para mis adentros y no puedo sino carcajearme.

- Camarero, un güisqui. Por miss Dorothy Lisa Smith, responsable de limpieza del Salón Oriental y aledaños. Área común. Primera Clase. Diantres, los hay con suerte.

Paso las páginas hasta dar con el estado de la Bolsa, el yen peligra y el mercado asiático amanece a la baja. ¿Será una señal? ¿Y si hoy todo lo oriental se hunde? Trago saliva, demasiadas coincidencias. Pego un trago, me tomo un tiempo precioso del que no dispongo. Queda un número final, ya escucho el redoble de tambores. La City bulle, los gráficos se desploman y por azar les llevo a mis colegas cierta ventaja. De nuevo a contrarreloj, cada minuto cuenta. No soy supersticioso y aún así… Casi mejor, hoy invierto en dólares.






viernes, 18 de marzo de 2016

«La Lectora del barrio francés» Epílogo.





«La Lectora del barrio francés»
Luces y sombras de Nueva Orleans.



Mi novela de los viernes.  









Epílogo 


        Y te preguntarás... ¿A qué viene este providencial interés por la estética y el acicalamiento? ¿Cómo pasa que unas chicas de barrio sin mundo ninguno de repente sean capaces de crear moda y complementos a partir de tan pocas tablas y tan pobre dicción? Pensarás que lo estoy adornando, que me muero por terminar la historia, encontrar a una lectora y abreviar un desenlace que ya poco me importa. Y en parte, solo en parte, tienes razón. El final feliz se ha precipitado, abruptamente, sin freno. Han repercutido otras fuerzas, poderosas e intangibles... ¡Y de qué manera! Demasiado bonito para mi gusto, pero nadie me ha pedido opinión, yo solo cuento lo que veo por el ojo forjado de una enorme cerradura que bien parece una ventana. Aunque, para ser honestos debo decir con la sabiduría que imprime mi posición de francotirador que la vida no suele derivar así, solo en muy contadas ocasiones. Para ello se requiere de una ayudita, un soborno, una llamada... Y en este caso concreto, de un tremendo empujón. Vamos, si ni siquiera jugaban a las muñecas cuando eran amiguitas, preferían hacer cabañas y chapotear en el río descalzas. ¡Por el amor de Dios! Entonces... ¿De dónde surgió esa oleada de glamour que exhalan a cada paso? Venga ya, no hay quien se lo crea. 


       Y es que algo ocurrió, dificilmente creíble. Por favor, un voto de confianza, hasta ahora nunca os he mentido. Creeréis que os tomo el pelo... Pues nada más lejos de mi intención, en este mundo para triunfar solo necesitas un padrino. Mira la mafia de Chicago, sin ir más lejos. Ahí los tienes operando a sus anchas, la ciudad es suya. Y no me refiero al pobre Westley, esto le supera. Sino a una madrina con mayores influencias, capaz de ¡voltear el mundo del revés! si cabe, por encauzar a sus protegidas. Su Benefactora no es un hada en sentido estricto, en vez de velo lleva un turbante y su mirada no es transparente ni luminosa sino sombría e inescrutable como un desván a plena luz del día. Úrsula corrió un enorme peligro contactando con ella... Aún así se arriesgó. Cumplió con su parte y sellaron un pacto de honor sagrado al que no han de faltar ninguna de las dos.


        Es culpa mía, se me pasó por alto un episodio. ¿Por qué no lo conté en su momento? Entonces me pareció una minucia. Úrsula dió un paseo, vale... ¿Y a quién le importa?  Minusvaloré a la abuela y erré de pleno. Cómo sospechar que aquella pequeña aventura lo cambiaría todo. Sí, hablo de aquella tarde en el cementerio. Pasaron tantas cosas destacables que ignoré este detalle insignificante... Hasta hoy, que tiene sus consecuencias. Y es que Úrsula visitó la tumba de Madame Laveau en secreto mientras Grace reclutaba devotos y una Rossie cansada del largo viaje se tendía en la ribera bajo un banano. La anciana sería cauta, esperaría el momento propicio y cuando por fin estuvo sola no lo dudó y se plantó frente a la tumba de la Viuda Paris. Bajó la cabeza, arqueó la espalda, saludo a hechicera y se postró ante ella con la solemnidad que merece. A continuación clavó un cuchillo en la lápida y raspó tres cruces, esparció cinco monedas de diez centavos por el mausoleo con los ojos cerrados y frotando el pie contra el suelo repetidamente sin temor a levantar la gravilla  pidió un solo deseo. Y formuló su petición con el mismo rubor que cuando era una mozuela, años ha suplicó por la vida Raimond que meses después retornaría de la guerra sano y salvo. Con una leve cojera, eso sí, pero lógica por otra parte. Pues durante el ritual, a la pequeña Úrsula le picó un mosquito, al notar la picazón blasfemó. Y Madame Laveau, ante semejante falta de decoro, se mostró muy contrariada y se lo tuvo en cuenta. Pero esta vez se esmeró en no cometer la más ligera indiscrección, siguió a raja tabla el procedimiento. Acudió con sumo respeto e imploró entre sollozos:

"Oh, Madame Laveau, mi gran maestra. Os ruego toméis bajo vuestro amparo a mis niñas Rossie, Grace y Eloïse que por si mismas no logran salir de la penumbra. Cólmadlas con un talento, una gracia, un don... Que les permita hallar su camino.  A cambio, escucharé. Haré cuánto me pidáis. ¡Lo que sea! Sin reparos, sin preguntas, sin remilgos, lo juro por mi vida. 
Una sola palabra de vuestros labios y actuaré por vos y para vos.

Solo así saldaré la deuda que asumo con Mi madre de Credo, Mi Benefactora. 
Hasta entonces, os pertenezco. Lo acepto, suya soy". 


     Y Madame Laveau, mujer práctica donde las haya, no tardó en exigir su recompensa más que veintitrés segundos exactos. Tras la oratoria de Mamon, una silueta incorpórea se dibujó en el cielo, se aproximó a la anciana y le susurró al oído algo que con su sola brisa le cristalizó el semblante. 

Úrsula cumpliría a pies juntillas, la orden era muy clara y la bordaría, hay mucho en juego. Por nada del mundo enojaría a La Renia o repercutiría en el destino de esas muchachas por quienes estaba dispuesta incluso a buscarse la ruina. Acudió presto al zoológico de Audobon y se personó temblorosa frente al cocodrilo blanco de ojos azules. Un ejemplar desconcertante, hierático. Es más, francamente anódino. Firme como una estatua de alabastro, la mandíbula rígida, los ojos llorosos... Mamon le acarició la cabeza y tal como se le exigía, le dio de beber ron blanco en una cáscara de coco. Por lo visto, la sangre fría aún no le había congelado el corazón pues minutos después Úrsula abandonaría el recinto y el reptil la seguíría de vuelta hasta el cementerio. Por alguna sinrazón nadie le vio marchar acompañada ni atravesar la ciudad junto con aquel alligator albino que no huyó a las marismas ni acabó bajo la lente de un cazador pendenciero. A partir de entonces vela la tumba de Madame Laveau y solo algunos afortunados le han sorprendido custodiando a Su Reina a la caída del sol, la Cleopatra del Caribe noche tras noche. 

Una vez en paz con La gran Dama del Sur, las aguas vuelven a su cauce y Úrsula en su convalecencia, disfruta de las noticias que le llegan de Atlanta donde las niñas se abren paso en un local alquilado cerca de la fábrica de Coca-Cola. Luce un letrero pintado a mano con caligrafía estilo regencia que reza: "Menage à Trois, Salon de Beauté." Dentro hay una sala cuidada, elegante y coqueta, provista doce sillas isabelinas adosadas a una pared de espejo y un variado surtido de productos de belleza. Justo en frente, se suceden varias líneas de altos estantes repletos de algodones, crepes, cajones con puntillas y a su lado, la friolera de siete maniquíes.  

Úrsula se ríe para sus adentros, apostó por un futuro desahogado para las chicas pero en verdad, no se esperaba esto. La solución de Madame Laveau supera con creces sus expectativas. "Muy satisfecha tiene que estar - pensó - para que nos premie de esta forma." Se apunta el tanto victoriosa, pero hay algo que no sabe. Todo guarda sentido, es más, encaja como un guante. Pues Madame Laveau antes de convertirse en Maga del vudú, ejerció de coiffeuse. Uséase, de peluquera. E iba por las grandes casas criollas, tenacillas en mano, arreglando los tocados de las damas, engalanándolas con bucles y  tirabuzones ostentosos e incrustando en los cardados un sinfin de perlas y demás avalorios. Su especialidad: convertir el pelo rizado de las muchachas de sangre impura en grandes ondas que aplacaranhabladurías. Mojábales previamente el pelo, luego se lo planchaba, una vez seco les anudaba los bucles en torno a gruesas tiras de papel de periódico a modo de vigudíes que dejaba reposar para después rociar con fijador natural compuesto de agua hervida con semillas de lino, jugo de cítricos, aloe y vodka tras cuyo tratamiento las hijas ilegítimas lucían bellísimas con una melena preciosas. 

Así empezó todo, se ganó su confianza de los ricos y participó de sus secretos. En adelante, una cosa le llevó a la otra, sería su Celestina y partícipe de sus más íntimos anhelos. Así es como de la noche a la mañana Madame Laveau pasó de simple peluquera a eslabón indiscutible en la cadena de favores. Y conforme movía hilos y trajinaba bajo mano, su poder se acrecentaba por momentos. Claro que  de poder volver atrás, quizás renunciara al tortuoso mundo de los hechizos y las fervientes confesiones, la ambición ciega al principio para luego quemar poco a poco. Con el tiempo se enredó en su propia trampa, la afanada tejedora quedó adherida a su propia telaraña hasta que ella y el hilo fueron una sola cosa y como en una maldición, ya no hay vuelta atrás, no hay lugar ni tiempo para el perdón y la seda que fluía por sus dedos pasó a anudar su propia soga. 

¿Y todavía te preguntas si ahora apostaría mejor por una pasión aplacada durante décadas, llena de posibilidades e inocente como pocas? Es muy posible. Oh, la, là, le glamour, la beauté, les mirroirs, le vin. La féte!!! T
enía talento, unas manos prodigiosas y unas intensas ganas de crear, de ahí ahora decida compartir esta habilidad con las niñas y no otra, las prepara para la vida a la que renunció en un desliz tentada por la magia negra. ¿Y por qué no? Si tuviera ocasión, ahora muy probablemente se decantaría por la magia rosa en los tiempos que corren  Según la creencia popular, las hadas son guapas y las brujas, rematadamente feas. Maga o no, coqueta lo era un rato y vestía flamante como la princesa de Saba. Por qué habría de sumergirse en la oscuridad hoy en día pudiendo cual diosa lucir su esplendor. 

No es pura especulación. En efecto, tengo pruebas o al menos indicios tan curiosos como poco concluyentes. Lo cierto es que "Menage a trois" tiene una intensa vida nocturna. No es que funcione como tapadera de un bar oculto por la ley seca. ¡Ni por asomo! Me refiero a cosillas insólitas que pasan sin más a modo de travesuras. Y es que en noches de cuarto creciente vuelan sedas, tules y nubes de purpurina por toda la estancia, quizás sea por la corriente. Y de madrugada aparecen labios de carmín salpicando los espejos y emergen castillos de rulos haciendo malabarismos sobre el tocador. Mensualmente llegan  revistas de moda aleteando como las cigüeñas. Vogue, no pasa del día cuatro. Les Élegances Parisiennes, se dejan caer en torno al doce. Sobre el diecinueve reciben La Gazette du Bon Ton sin que nadie la solicite. Art Goût Beauté se hace esperar hasta el veinticuatro y es que tiene que dar un rodeo.  A veces, están mojadas y arrugadas según vadeen el azote del Atlántico. En cualquier caso, tras un montón de disparatadas peripecias siempre consiguen llegar portadoras de nuevos patrones, coloridos estampados y peinados imposibles terminan por aterrizar en los aleros del tejado. Una suscripción singular, la suya. 


Así es, mientras el amor mueve montañas, la moda remueve el cielo, la tierra y el infierno si me apuras, desbaratando las tinieblas. Desde allá donde esté, Madame Laveau sigue al día de las nuevas tendencias de la mode y la haute couture, es su nueva pasión. De seguir viva, sería más magnética que la bailarina Isadora Duncan, sensual y enigmática como Louise Brooks. Me la imagino en pose sobre el diván de terciopelo con las piernas entrecruzadas, los labios rojos, un turbante blanco y el echarpe a juego, el cigarro con boquilla y los guantes hasta el codo... Etérea. ¡Divina! Con o sin cocodrilo. Musa, diva, Maga Rosa. Y por descontado, mejor modista que Cocó Channel.


En medio de esta realidad salpicada de bálsamos, champús, agua de colonia, percances pasajeros, anécdotas inezplicables y contratiempos surrealistas, pasan nuestras amigas su vida en Atlanta alentadas por el trabajo y las noticias de Matt, Westley y hasta hace poco, de Lady Willelmina que se fueron espaciando hasta esfumarse por completo. Cada carta es un abrazo... Menos esta última. 


Grace contiene la respiración antes de coger el abrecartas, es más que un mal presentimiento. Podría extraviarla ¡y no leerla nunca!  ¿Por qué haría tal cosa? Una mujer caval como ella... Lleva sellado el timbre de URGENTE y es muy distinta a las anteriores. Trae dolor, muerte, llanto. Y lo sabe a ciencia cierta pues hay un ribete negro bordeando el sobre. Ah, no se deshará de ella. No lo permitiré, me juego demasiado. Tengo que saber cuanto antes para hacer cábalas, está en juego mi futuro. Podría ser mi oportunidad de abandonar definitivamente este mundo de la mano de un compañero aceptable... Me tiene en vilo. Un nombre. ¡Solo necesito UN NOMBRE! Y según de quien se trate, decidiré si nos une el destino. 


Rossie se aproxima con tino y enseguida entiende. Consciente de la gravedad, coge la carta con ternura y sin pensarlo dos veces rasga el sobre liberando a su hermana de tan pesada carga. Vaya, ayer falleció lady Willelmina y está de cuerpo presente. La enterrarán mañana a primera hora en el cementerio de Saint Louis. Lo hablan, desean estar ahí y despedir a la gran señora como merece. Está decidido, acudirán a las exequias. 


Al día siguiente, Matt se presenta a buscarlas muy temprano. Parece otro, más entero. Las señoritas toman asiento en el coche mientras el músico se hace cargo de los equipajes y da al conductor las consabidas instrucciones.  Entran en Nueva Orleans al mediodía y es poner un pie en el camposanto y la escena les sobrecoge. Todos están allí, burgueses e intelectuales pétreos como fantasmas. Aquellos que las quieren, también algunas caras largas. Tras un emotivo entierro empapado de plegarias y sonetos improvisados, los asistentes se dispersan. Westley acude junto a Rossie y le pide que le acompañe. Presentan sus respetos a una lápida gris y sencilla. 


- Gertrude, ella es Rossie. Deseo contar con tu bendición antes de hacerla mi esposa. 

Westley coge a Rossie de ambas manos, teme que el espíritu de Gertrude estalle en cólera. Y si es así, la protegerá. Está dispuesto a luchar contra todos, esta vez sí. No flaqueará, por ella ¡ahora sí! se enfrentará contra el mundo. Pero no será preciso pues Gertrude permanece en silencio, no ocasiona terremotos ni corrimientos de tierra. De la tierra brota una violeta diminuta, alcanza a asomar al sol y él corre a olerla. No hay ira ni furia en su reacción, tan solo buenos deseos.

- ¡No la arranques!  - se apresura a gritar Rossie, déjala que viva. 
- Es para tí, de Gertrude. - responde Westley ilusionado. 
- Como tú, será de las dos. - afirma Rossie en un gesto de generosidad, tan propio de ella. 

Y ambos se funden en un abrazo, con el beneplácito de la fallecida que comprende, replegándose a un segundo plano. 

Simultáneamente, junto al muro del cementerio una mujer recita un poema, paradójicamente, a una caja de zapatos. Hay una razón, llena de cenizas. Es Grace, que ha desplazado una piedra para introducir dentro del hueco aquel extraño paquetito. Son los restos de Kouassi y mira por donde, también los míos. ¿Puede ser que aún se acuerde de mi? Escucho y me da una punzada el corazón.



Ophélie

En la onda calma y negra donde duermen estrellas
la blanca Ofelia flota como un lirio gigante,
flota muy lentamente, tendida en amplios velos...
En los bosques lejanos suenan cuernos de caza.
Hace más de mil años que la afligida Ofelia,
blanco fantasma, pasa sobre el gran río negro.
Hace más de mil años que su dulce locura
murmura su romanza a la brisa nocturna.
Besa el viento sus senos y despliega en corola
largos velos mecidos por indolentes aguas.
Los sauces temblorosos lloran sobre sus hombros;
juncos se inclinan sobre su frente pensativa.
Nenúfares marchitos alrededor suspiran,
y en un dormido aliso ella despierta a veces
un nido del que escapa leve temblor de alas.
-De las estrellas de oro, un canto misterioso cae...


¡Oh, tan pálida Ofelia! ¡Tan blanca como la nieve!
Sí, tú moriste, niña, ¡por un río furioso!
-Pues vientos desplomados de los montes noruegos
te hablaron en voz baja de la ardua libertad;
pues un soplo del viento, trenzando tus cabellos,
trajo extraños ruidos a tu alma visionaria;
tu corazón oía la canción de Natura
en la queja del árbol y los suspiros de las noches;
pues la voz de los mares, como estertor enorme,
partió tu tierno seno, tan humano y tan dulce;
pues en el alba de abril, un caballero pálido,
un pobre loco, mudo se arrodilló a tus pies.
¡Cielo! ¡Amor! ¡Libertad! ¡Qué sueño, oh pobre loca!
En él tú te fundías como la nieve al fuego:
las enormes visiones tu palabra estrangulaban:
-¡Y el terrible Infinito turbaba tu ojo azul!...


-Y el Poeta refiere que, a la luz de los astros,
buscas tú por la noche las flores que cogiste,
y que ha visto en el agua, tendida entre amplios velos,
cómo, lirio gigante, la blanca Ofelia flotaba...


Arthur Rimbaud.                                  



Compararme con Ofelia... Es un homenaje precioso. Soy muy feliz. ¡Ni siquiera lo merezco! Y cuando por fin perdono y me perdonan y creo que no puedo sentir más, ocurre otra cosa. Un hombre más se suma al recital. Viene Matt, que toma el testigo dedicándome con otro poema hermoso. 




Sobre una rosa blanca


El albo vestido de Ofelia,
la blanca flor inmaculada,
que es como nieve amontonada,
tan sólo es ya melancolía.
Se deshojó la rosa bella
por el agua del búcaro abrazada.
Y su gracia, como una huella
de amor, ahogada agoniza.
¡Pero qué viva en mi memoria!

Reharé los pliegos de su túnica;

quiero que nadie contraríe

el placer que hallo en respirarla.

Como la vi, pura, en las manos

que aquella noche me la dieron,
tal cual la amé, deseo amarla;
tal cual la vi, deseo verla.

Rémy de Gourmont                                                 



Él se coloca detrás de ella, la coge por la cintura, encajan tan bien que desde mi perspectiva parecen una sola figura mística y reluciente como la de una divinidad hindú de cuatro brazos y un solo corazón. Por fin acepto que he de dejarles libres. Es su momento, tienen derecho a ser felices. ¿Y qué pasa conmigo? El mío ya pasó, si hace tiempo que no me ven, no cuento para nadie. ¡Ni siquiera existo! Quizás solo necesitaba una despedida como esta, afectuosa de veras con una lápida no manchada como la de Charleston por el odio y el rencor. Sentirme por una vez, la princesa dormida en su lecho de cristal. Bella, añorada, querida y congraciarme con el mundo sintiendo, o engañándome acaso, que le importado a alguien alguna vez..

Adiós, Nueva Orleans. También, mis saludos a quienes me habéis acompañado leyendo todas estas líneas tan mías. El testimonio de una niña suicida, sobre fondo gris. Alto. Noooo, no me despido de ella. Por favor, Guardián, ¡no dejes que se marche al otro lado! Todavía no, que no lo haga sin mí. Lady Willelmina, ¡espere! ¿Se sabe muchas historias de memoria? No se si tendremos libros de papel. A todo esto... ¿Hace un chocolatito? No me ve, no me escucha... Oh, no. ¡Hay otra persona a este lado del candado que capta su atención y la espera con los brazos abiertos! Me niego, ella debería poder verme y sin embargo es todo ojos para él. Cáspita, ¡menudo recibimiento! Se trata del abuelo Lemaillot quien la acoge con la mirarda más tierna del mundo. A continuación le señala mi difuminada estela y me siento tan pequeña... ¿Me adoptáis? ¿Oferta de nieta postiza? Estáis de suerte, pilláis una promoción. Contengo el aliento, es ahora o nunca. Solo verme, Lady Willelmina corre a mi encuentro. Siiií, me pellizco. ¡Está pasando! Me cogen y entramos los tres juntos a tientas. ¿A dónde? Es igual. ¿Qué hay al otro lado de la neblina? No importa, toca avanzar y lo hago en la mejor compañía. 



Pero un momento, esa es la bici de Grace. ¿Quién la monta? Socooorro. ¡Se la han robado! Se la lleva una niña vestida de negro de pies a cabeza. Pedalea muy rápido, lleva en la cesta una novela de amor por entregas con una cinta dorada de raso enrollada sobre el cartón, de la lazada cuelgan dos cerezas. Y se dirige... ¿al burdel? Entonces no es una ladrona sino Adéle que va a visitar a su madre. O puede que a quedarse... ¿Te vienes, Adéle? Parto de exploración y me vendría bien una amiguita. Me concentro. Que se choque, insisto, que se parta el cuello contra el borde de la acera... Adèle se distrae, nota que alguien la llama. Busca mi voz, se despista... Pero tiene algo a su favor, unas increíbles ganas de vivir y muchos, muchísimos planes. De modo que... 

¿Nueva lectora en el barrio francés? Eso parece. Lástima, yo podría ser ella. Adèle es una chica lista con una memoria prodigiosa, Grace le ha enseñado a leer y al recitar esgrime un deje maravilloso. Es dulce, sensual, exhala amor y el aliento le huele a flores. Sabe de sexo tanto como de pedalear, dos cosas que no se olvidan y se decide por el papel y no hablo del de fumar sino del que cuenta historias. Sabe lo que quiere y ser feliz está en su lista de deseos pendientes... Me rindo, la juzgué mal. Qué sensatez, me equivoqué con ella. Adéle, vive por mi. Que nadie te separe de tus libros.  Lee, ama, ¡sueña despierta! Y prométeme que besarás por las dos. Vete de una vez, no te entretengas. No vaya a ser que cambie de opinión...