martes, 24 de mayo de 2016

RELATO: "Nunca nieva a gusto de todos".








El Monte Hýdōr no aparece en Google Maps ni lo sobrevuelan drones intrépidos. lo que no nos convierte en falacia, te juro que existimos. Su localización fue cartografiada por Jasón en tiempos de los argonautas. Fue Fineo, el vidente, quien le habló de la isla y de ahí que viniera a bordo de su nave Argos en busca del oráculo. Funcionábamos así, eran otros tiempos. Jasón supo lo que le deparaba el azar en su epopeya y emprendió una larga travesía que le llevaría hasta el mar Negro.

Nevó para él, los hados le serían propicios. Así estaba escrito en un intrincado de aristas más bellas que las estrellas de mar. Sencillamente, era su momento. 

Cayó Grecia, dominó Roma y con el incendio de Alejandría, se quemaron las cartas de Belerofonte  que nos mencionaban, condenándonos al ostracismo. Luego sobrevino una era convulsa, Asia Menor pasó de mano en mano y nos vimos obligados a refugiarnos entre las brumas. Entretanto el mundo nos olvidaba, caíamos en el anonimato. Cierto, hubo barcos que se arrimaron a la costa sin reparar en la inmensa cúpula transparente que cubre nuestros tejados azules ligeramente salpicados por copos de nieve. Sí, como las bolas de cristal que venden de souvenir en cualquier ciudad, pero en grande. La que le comprarías a tu madre a la desesperada si volvieras sin regalo del aeropuerto. De esas que meneas y dentro siempre es Navidad. Un paraje idílico, como de cuento, en medio del Mediterráneo.   

Pero, volviendo al pasado. Al abrigo del Monte Hýdōr, permanecimos ocultos por siglos. Y sin el consejo del agua, el medioevo de los hombres se sumió en la completa oscuridad. Cesaron las preguntas y dejamos de leer el oráculo a vuestros guías, presagiando lo peor... Lo sé, adoptamos una actitud cobarde. Fue torpe y egoísta. Contra mi voluntad, dejamos el mundo a su suerte y de él se adueñaron las tinieblas. No pude hacer nada, mis mayores no me lo permitían. De modo que callé, no me quedaba otra y mientras se me revolvían las tripas sentí el hedor de la miseria.

Así y con todo, las nieves siguieron cayendo trayéndonos el vaticinio de plagas, guerras, matanzas y revoluciones que contemplábamos impotentes, no podíamos evitarlas sin exponernos al ultraje. Seguimos observando la lluvia, el manantial, el rocío y la escarcha conscientes de que cada gota pertenecía a un individuo y fluiría con él en un ciclo interminable. Ahí estaban sus días retratados, al detalle. Luces indescifrables en medio de la penumbra que solo pueden ser leídas cuando nieva. Pues son los copos de nieve y no los genes los que marcan el sino de un hombre. 

Poco a poco volvió la calma y superada la barbarie, intentamos actuar de nuevo pero era demasiado tarde. Inventaron el telégrafo, la radio, el microondas y sus botones de colores emitieron interferencias varias. Recientemente, vino la televisión por satélite e internet nos dio el golpe de gracia. Una vez más fracasábamos, se perdía la llamada del agua. Muchas inquietudes quedaban sin respuesta y se desvanecían con el eco un sinfin de predicciones.

Aún hoy nos hablan los cristales de hielo, nos dicen tantas cosas… Si bien, nadie escucha. Una auténtica lástima. De ahí, que me decidiera a actuar. Clamé al viento, grité mil destinos pero resultó inútil. Cansado de aguardar, me autoproclamé mensajero y desoyendo al gran maestre decidí partir por mi cuenta a repartir venturas. Lo que me trajo hasta aquí, en plena misión profética.  

Ahora ya lo sabes, no soy de mantenimiento, me acabo de cargar tu persiana y si llevo un mono naranja es porque en Gap estaban de oferta, no me he escapado de una cárcel de alta seguridad, Necesitaba contactar contigo, hablarte de tu futuro y no se me ocurrió nada mejor.

Te veo aturdido, muchacho. Eres el héroe y nadie lo diría… Vamos, despierta. Ya estás afeitándote, despegándote de ese pijama manchado de ketshup y apagando la dichosa consola que Mario Bros jadea. ¡Dale un respiro!. Que con tanta brinco estúpido, hasta ha perdido la gorra. Lo sé todo de ti. Venga, pregúntame lo que quieras. Confíame tus sueños y te diré de lo que eres capaz. Nevó para ti, serás leyenda. Partirás y los dioses te acompañarán. Sencillamente, es tu momento. ¡¡¡Despierta!!!

Pero... ¿No dices nada? Si sigues ahí plantado, a lo tuyo. Si aún llevas los auriculares puestos.... ¿Has oído algo de lo que te he contado? Te ofrezco el poder, chaval. ¿Así piensas conquistar el mundo? Qué desidia. Qué falta de ambición. No lo entiendo, si eras El Elegido... O no.

Definitivamente me equivoqué contigo, se trata de un error de cálculo. Ahora lo veo, el deshielo y la polución adulteraron las muestras y debí malinterpretar los signos por culpa del cambio climático. Por lo visto, este oficio ya no es lo que era, nosotros nos hemos vuelto imprecisos y vosotros ya no anheláis forjar imperios ni cruzar angostos desfiladeros.. Me desviví sin motivo, un desperdicio. Me vuelvo a mi isla, ya no se precisan héroes. Y es que con esa apatía no iréis a ninguna parte... O sí.


Ya lo tengo, montaré un resort exclusivo en el Monte Hýdōr y os sacaré la pasta. Escrito o no... Sencillamente, es mi momento.  







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* Os pido opinión, 
he de leer una historia en mi última sesión en el taller de relato fantástico de este cuatrimestre, tengo tres textos para elegir y no me decido. Si pudierais aconsejarme... ¿Cuál creéis que luciría más? Las opciones son:


1. "Cien cielos de cián".
2. "Puñales, rosas y viceversa".
3. "Nunca nieva a gusto de todos".


La razón de esta consulta: confío en el buen criterio de mis lectores favoritos. Gracias, amigos.







martes, 17 de mayo de 2016

RELATO: "Puñales, rosas y viceversa".









Goleta Elisabeth. A 5 de abril de 1781, año de nuestro señor.
Cuaderno de Bitácora

“Zarpamos hace doce días de la Isla de Gorea con leve marejada y brisa de poniente. La mar estaba en calma pero conforme nos adentrábamos en el océano, el viento arreció y se encrestaron las olas. Tanto, que ahora la carga zozobra. No solo las provisiones de la bodega se bambolean, también la mercancía en los calabozos. Aun así, dudo que naufraguemos, el barco está en buenas manos. Contamos con una tripulación bien curtida, compuesta por viejos lobos de mar que cruzaron sus primeras cinco mil millas hace ya muchos soles. De ahí, sus tatuajes: El ancla en el bíceps, la golondrina en el antebrazo, las cruces en la planta de los pies… Todos tienen su significado y claman hazañas mejor que un mordisco de tiburón o una cicatriz de arma blanca en el hombro. 

El capitán Lutton tiene buen ojo, los eligió uno a uno de entre la maraña de bravucones que merodeaban por la taberna. Salvo a Oyuma, que es cocinero por accidente. Un percance te cambia la vida y que el anterior pelapatatas enfermara de paludismo fue su golpe de suerte. Diría que se siente afortunado, parece valorar su nueva condición. Y aun así me inquieta… Cada vez que escucha algún gemido bajo las rejas, noto que le hierve la sangre. Cierto, sus ojos no se inmutan, pero están sumidos en la oscuridad. Son sus manos de ébano las que le delatan, apretando los nudillos hasta clavarse las uñas. Con pasos lentos y pausados, el cocinero se abre paso entre los barriles al compás de un débil tintineo. Es por el grillete del tobillo que sigue arrastrando como un fantasma, Lutton le puso el cascabel al gato. Porque Oyuma es libre, pero no del todo y por muy bien que prepare el cazón con mijo, no deja de ser un salvaje." 





Goleta Elisabeth. A 17 de abril de 1781, año de nuestro señor.
Cuaderno de Bitácora.

“Zozobramos a merced de la tempestad durante cuatro largos días lo que nos desvió de la ruta cartografiada en los mapas y el timonel hubo de corregir el rumbo virando trece grados a babor con el viento en contra para alcanzar así la corriente del Golfo. Una vez enderezado el barco, como contramaestre di orden de desplegar la verga y el trinquete. Ahora navegamos a toda vela surcando el azul inmenso. Qué dicha contemplar desde cubierta el henchido de la gavia, sentir en la cara el picor del aire salado salpicándome los labios. Y halagar mi oído con el susurro de las caracolas. 

Ante tan buenas perspectivas, el Capitán Lutton hace gala de un humor excelente. Y es que, valga la ironía, esa misma borrasca que casi nos despedaza también jugó a nuestro favor, en cierto sentido. Con la furia del oleaje, eludimos un barco pirata musulmán y sus sables de media luna. También despistamos al cazanegreros de John Hawking que venía persiguiendonos desde nuestra escala en las Azores. Durante el resto de la travesía no se esperan contratiempos y dios mediante, tomaremos tierra en Kingston a primeros de mayo. Con el bombardeo de las plantaciones de Virginia por parte de la flota británica, subirá el precio del café Blue Mountain, precisarán más esclavos en los cafetales y nos pagarán bien. Y para celebrarlo, Lutton nos invita a sus más allegados a cenar esta noche en su camarote y como siempre, tratará de sorprendernos… Me consta que el capitán sabe divertirse y en el banquete nos dejará boquiabiertos.

A todo esto, Lutton se ha encaprichado con una joven congoleña, ha ordenado bañarla y arrojar al fuego sus harapos. Ahora luce un vestido bordado de lino que vale más de lo que nos darían por ella en el mercado. Es la elegida y por eso ayuda a Oyuma con el rancho en vez de cazar ratas, a gatas, para comérselas. Si es una chica lista, sabrá corresponder a tanta generosidad y complacerá al capitán sin demasiados remilgos.” 





Goleta Elisabeth. A 18 de abril de 1781, año de nuestro señor.
Cuaderno de Bitácora.

"La cena fue suntuosa, Oyuma nos deleitó con un asado de avestruz en bandeja de plata que serviría Wanda a los comensales. Al reclinarse, olimos su piel tostada suave como las rosas y la recorrimos con la mirada encendida por cada recodo de su cuerpo. Tan solo cubierta a la altura de la cadera por las plumas monocromas de aquel ave magnífica, la muchacha encorsetada parecía querer volar… Pero no podía, pues es bien sabido que las avestruces apenas levantan los pies del suelo. Corren como endemoniadas y cuando las pillan, se dejan hacer y esconden la cabeza. Y al parecer, Lutton se había quedado con hambre. Tras las viandas, sugirió a Oyuma que tocara el tambor mientras Wanda bailaba para nosotros la danza del cortejo. Una cosa llevó a la otra y se cepillaba a la bailarina antes de los postres. Sobre el mantel, bajo un candil, la devoró a la vista de todos. Y una vez saciado, la apartó de un empujón y rio sin ganas. Tal como prometió, nos ofrecía un fabuloso espectáculo. 

Ebrio como estaba, subió a cubierta para despejarse la cabeza. Pasó una hora y en vistas de que no volvía, barruntamos si una ola de costado le habría arrojado por la borda. De modo que brindamos por él con ron blanco de primera, así nos despedíamos de un marino que moría tragado por la mar. Sencillamente, había llegado su hora. Justo entonces reapareció Wanda, tapada de pies a cabeza, honrándonos con un nuevo manjar de muslos confitados. Antílope flambeado, pensé de primeras. Claro que no repararía hasta chupar el hueso en aquel tatuaje dibujado sobre la piel de las sobras: Un puñal de plata atravesando una rosa negra. ¿O era a la inversa? 

De pronto, me quedé helado. Pensé en la seda de las rosas y sus espinas, gráciles y diminutas. Calibré el dudoso arte de desflorar, tan impropio de caballeros… Tragué saliva. Y como lo que pasa en altamar se queda en altamar y las reglas del marinero difieren de tierra firme, rebañé el plato. Y ya puestos, no pude sino felicitar a Oyuma por un guiso suculento, macerado en ron Appleton de Jamaica. Naturalmente, su favorito".







martes, 10 de mayo de 2016

RELATO: "Cien cielos de cían".




Obra de Luis Fernando Fernández, un gran fotógrafo y buen amigo.

Cien cielos de cían


Anda, ven, apaga el Telediario. Subiremos a la azotea hasta el ocaso y no se hará de noche hasta que volvamos. Y olvídate del hombre del tiempo, por más que insista no amenaza tormenta. ¡Qué sabrá él! No es adivino. Eso sí, me gusta su corbata. Y sus dientes, podría anunciar dentífricos. Aunque haga todos esos cálculos milimétricos y salude al satélite Meteosat cada mañana. Es inútil, da palos de ciego. 

Casi que le tengo lástima, fíjate que no es culpa suya. Sencillamente, esto le queda grande y existen parámetros que el pobre desconoce. Si supiera que hay alguien en el edificio de al lado que improvisa con los colores del cielo y el mar a su antojo… Se dedicaría a vender bicicletas con su cuñado y dejaría los mapas para los exploradores. 

Y es que manejo las nubes a mi capricho. No me considero especial, solo un pelín extrovertida. ¿Acaso el artista no expresa lo que siente en su obra? Pues yo hago lo mismo, me limito a pintar sensaciones sobre un lienzo infinito. Con esta rara habilidad, no busco causar sorpresa, impresionar al mundo o dominar Sin City y ser la mala del cómic. No es algo deliberado, simplemente ocurre. Es mi estado de ánimo quien canta por soleares y no puedo ni quiero evitarlo, me resulta reconfortante. Desde niña no soporto ver sonreír a los demás mientras yo muero por dentro. De modo que cuando lloro, me consuelan las calles desiertas y mis vecinos enclaustrados en sus casas jugando al trivial al resguardo de la lluvia. No es para tanto, hombre, solo una travesurilla. En el fondo les hago un favor, así ahorran en transporte público.

¿Por qué me miras así? No seas tremendista. Por lo general, soy un auténtico chollo. Si todo va bien, el día resplandece conmigo. Claro que si estoy de malas, puedo arrastrar tempestades. Pero no temas, tiene fácil solución. Y todo gracias a ti, apareciste y me robaste el corazón. Te elegí, mi amor. Y ahora tendrás que hacerme feliz, querido. Derrocha tu encanto, esmérate por conseguirlo y en nuestra boda haré estallar un volcán para ti y tendremos fuegos artificiales. De lo contrario, me convertiré literalmente en una aguafiestas y serás el máximo responsable del cambio climático después de los chinos.

Ahora bésame, tonto, al abrigo del arcoíris. Y bañémonos en cian, como en el musical de Mama Mía.




martes, 3 de mayo de 2016

La sucesiva reencarnación de las hermanas Bennett.






Conocéis a las hermanas Bennett, son casi de la familia. Y sin embargo, nos ocultan secretos y en consecuencia, no paran de sorprendernos. Recientemente, se ha estrenado en los cines una singular adaptación de la novela de Jane Austen Orgullo y Prejuicio, muy lejos del corte clásico y fiel a la versión reescrita por Seth Grahame Smith en el año 2009 que relata lo que pasaría si Elisabeth Bennet y Mr. Darcy tuvieran que combatir contra un ejército de criaturas zombies mientras se van conociendo y enamorando en una Inglaterra decimonónica con claras influencias japonesas. 





Personalmente, me interesa el tema. Aunque, por supuesto, la película ha recibido comentarios de todos los colores. Pero mi pregunta va más allá... ¿De veras os resulta tan extraño que las hermanas Bennett luchen contra una horda de muertos vivientes? A mí, no. Pues creo que hay otro misterio mucho más apasionante por resolver: las sucesivas reencarnaciones de las encantadoras hermanas Bennett que cambian de rostro y entorno pero el mito continua. 







Porque ¿en cuántos mundos las habéis reconocido? Enseguida caeréis en Bridget Jones y la ubicaréis en el Londres del siglo 20. Pero no es el único escenario donde encontraréis más muchachitas con el sello de Austen. De hecho, he tenido noticia reciente de otro filme que las ha retratado de nuevo, esta vez ¡¡¡en Bollywood!!! Se llama "Bodas y Prejuicios", rodada por la directora Gurinder Chadha en 2004 y ambientada en la ciudad de AmriStar donde no faltan nuestras amigas con sus tortuosos enredos, en esta ocasión, entre bailes coloridos y saris de ensueño. 






En efecto, las hermanas Bennett tienen algo de extraordinario y no es tanto el que desenfunden la espada y le rebanen el cuello a lo ninja a todo el que se le cruce con mal cutis como su reaparición sistemática en cualquier tiempo y lugar. Y esta adaptación hindú no hace sino confirmar mis sospechas. 






Me baso en pruebas fehacientes, aporto datos científicos, convendrás conmigo en que no hablo a la ligera. Señores, nos hallamos ante un caso típico de reencarnación budista a medio camino, el Nirvana ya no debe de estar lejos. Y no cejaré en defender mi postulado hasta que dé con más vestigios del matriarcado Bennett en la Antigua Grecia o el Amazonas. 

Están ahí afuera, rondándonos. Hasta puedo olerlas... ¿Por qué yo? Es mi deber, solo yo soy consciente del fenómeno sobrenatural que nos acecha. Y además, alguien tiene que hacerlo. Como Blade y Van Helsing, siempre ha habido cazadores de sombras, Las perseguiré sin descanso hasta desvelar el misterio. Viajaré por el mundo en su búsqueda y descuidad, que os mantendré al corriente de mis pesquisas. 









martes, 26 de abril de 2016

RELATO: "Killin' time" o el último tipical Western.








Misery no aparece en los mapas, es un pueblo condenado a la arena. No queda oro ni pasto para las reses, hasta el ferrocarril prefirió pasar de largo y arrimarse al desfiladero. No es lugar para echar raíces sino guarida de ladrones, escondite de almas perdidas. Aquí es donde criaturas venidas a menos hacen malabarismos para mantenerse en pie a la espera de un golpe de suerte.

A primera vista, se trata de un día cualquiera, la única calle del Misery permanece desierta e inmóvil salvo por dos potrillos quarter horse que se miran atónitos frente al abrevadero y las notas de una guitarra acústica que flotan en el aire como asidas del mismo cielo. En apariencia, todo permanece en calma aunque la cantina se halle más concurrida que de costumbre. Gringo Watts anda ocioso y lejos de cabalgar de sol a sol envuelto en su guardapolvos, ya va por el tercer whisky. Espera visita y cuando llegue Hogan, no le pillará sobrio. Antaño fueron compinches y hoy ese malnacido viene a rendirle cuentas. Killin’ Time tararea Watts entre trago y trago al compás de esa guitarra invisible que gime con él. Bebe sin ganas, no le queda otra. Cansado de huir, por fin dará la cara y sabe que solo borracho se atreverá a disparar.
  


🎵You were the first thing that I thought of
When I thought I drank you off my mind
When I get lost in the liquor
You're the only one I find. 🎶 



De repente, la guitarra calla sin más dando paso a un silencio tan mordaz como el rojo sol del páramo.

- Venga, Clint, ponme otro whiski – Gringo Watts apoya con rudeza el vaso sobre la barra. 

- Que sea el último, Watts, ya has bebido bastante. – le advierte el cantinero condescendiente. 

- ¡Si es jugo de regaliz! – escupe -. ¿Acaso te ríes de mí? Soy ranchero, no maestra de escuela. 

- Imposible, es Bourbon de primera. Basta de juegos, cowboy y paga antes de que te maten. 

- Estúpido irlandés, a mí no me vengas con brebajes. – Gringo estrella el vaso contra el aparador, hoy no está para bromas y menos si provienen de ese almibarado fantoche.

Con el estruendo, Lupe desciende las escaleras en corsé, enaguas y una liga negra prendida del muslo. Gringo Watts nunca la ha visto medio desnuda, si bien la ha soñado cientos de veces. Lupe se dirige al cowboy contoneando las caderas y con un pañuelo de encaje que se saca del escote, le seca el sudor que le resbala por las sienes al tiempo que le clava las pupilas. Para, acto seguido, parapetarse detrás de la barra al lado de su marido. El yanqui la sigue con la mirada, cada paso le duele. Y canturrea entredientes mientras arrastra una cerilla contra la barba y enciende un Malboro light bajo en nicotina.

🎵And if I did the things I oughta
You still would not be mine
So I'll keep a tight grip on the bottle
Gettin' loose and killin' time.  🎶


-         

- No bajes así, mujer – alza la voz, socarrón, el tabernero. – Todos te desean y eres solo mía. 

- Chicos, pasa algo. Me asomé a la ventana y aunque apenas es media tarde, el sol se puso de un chasquido y de no ser por la lámpara de queroseno estaríamos a oscuras. No cantan las cigarras ni el lobo aulla a la luna perezosa. Además, alguien está haciendo señales de humo desde la colina y hace décadas que deportaron a los navajos - la beldad de Misery suspira y sus senos se inflan como accionados por un resorte -. Huele a muerte y me niego a dejar este mundo sin saber qué hay de interés en Iowa, tan secreto, que nadie quiere decírmelo. 

- Ni viviendo cien años lo descubrirías, solo hay polvo y moscas – Watts bromea en alusión al monótono medio oeste – Un día te llevaré a ver el mar, muñeca y subiremos a los rascacielos. 

Testigo de su complicidad, a Clint le hierve la sangre. Celoso, desea que Hogan entre de una vez y acribille a Watts ahí mismo. Fue él quien le dio el chibatazo, delató al gringo por mirar a su hembra como a un pastel de zarzaparrilla. Claro que no contaba con que el telegrafista le pondría sobre aviso. Mal hecho, ya ha pagado su indiscreción con el cableado enroscado al cuello a modo de torniquete. Hogan se retrasa y en Misery la puntualidad se lleva a rajatabla. Si toca llover, pues llueve. Si el coyote ha de zamparse una gallina, descuida que lo hará después de las tres y no antes, son las normas. El caos, dentro de un orden. Imprecisiones, las justas. El traidor consulta su selecto reloj de bolsillo y constata que se le paró hace tiempo. Menuda baratija luce, ni que le hubiera tocado en una tómbola. Las manecillas marcan las seis y tres, una hora anodina que coincide con el cese abrupto de los acordes y la conversión del licor en un jarabe dulzón e insípido. Se trata de Ginger Ale, de ahí que hasta tenga burbujas. En plena confusión Gringo busca una caricia en los ojos de Lupe. La encuentra. Se muere por besarla y susurra como poseído.


🎵This killin' time is killin' me
Drinking myself blind thinkin' I won't see
That if I cross that line and they bury me
I just might find I'll be killin' time for eternity 🎶


-     
¡Seréis zoquetes! ¿Aún no os dais cuenta? – emerge del rincón un forastero algo aturdido, anoche la partida de póquer acabó en trifulca y recibió un tremendo gancho de izquierda.

- ¿Qué hace éste todavía aquí? ¿No estaba de paso? - espeta Clint que se remanga amenazante -. Largo, DJ, no quiero tramposos en mi establecimiento.

- Así que ya no soy bien recibido. Tiene gracia que ayer mismo no le hicieras ascos a mi dinero.

- Esfúmate – chista Lupe al viajante -. DJ ya se iba – media entre los dos, intenta ganar tiempo.

- ¡Despertad de una vez! – DJ insiste – A ver, cómo explicároslo… Gringo, intenta recordar. A ver, ¿qué le hiciste a Hogan? Ni idea ¿verdad? Porque solo tienes presente, el resto es una mentira. El tal Hogan, un extraño y vuestra supuesta enemistad, pura pantomima.

- ¿Por qué habríamos de creerte, DJ? Si eres un puto negro. Y además, tramposo.

- Al menos sé qué hago aquí, al principio me pareció divertido. No me trajo un guión de mierda, vine porque quise. Compuse la banda sonora. Yo, ¡qué no soporto el country! Y accedí al cameo por hacer la gracia, para emular a Django desencadenado y jugar un rato a los vaqueros. De renunciar, ahora estaría Lebron atrapado en una taberna de cartón piedra y yo de fiesta en Miami haciendo mushups fumado hasta las orejas. Allá sí que corre el alcohol y no el aguachirri que sirves, mamón. Y olvídate de la chica, eres el feo y el malo juntos. ¿En serio, no sabes cómo va esto? Así funciona, ella se queda con el gringo. Y tú sobras, pendejo.

Por supuesto, nadie cree a DJ. Y Clint, fuera de sí, le cose a balas de fogueo.

- Ah! – DJ agoniza - Seré capullo. – se lamenta después de muerto -. Debí exigir un doble para las escenas de tiroteo – le rematan. – Atentos a mi perfil bueno - se retuerce hasta desfallecer.

Tomo nota, es chungo palmarla en el Salvaje Oeste, el sheriff nunca viene cuando le necesitas y hace un calor de cojones. Y en un cine de barrio improvisado, solo provistos de un proyector Bell&Howell de CinemaScope tan cutre... En efecto, Lupe, huele a muerte. Pues no hay olor más nauseabundo que el que desprende en su combustión la tira de celuloide. A todo esto, ¿dónde estarán los extintores?


🎵This killin' time is killin' me
Drinking myself blind thinkin' I won't see
That if I cross that line and they bury me
I just might find I'll be killin' time for eternity. 🎶


* Para Santos, mi padre y el mejor compañero para este gran viaje. 




martes, 19 de abril de 2016

RELATO: "Casanegra".








Como cada domingo, Rick se recorría el barrio residencial en bicicleta repartiendo periódicos por todas las parcelas. Los lanzaba con un estilo peculiar, describiendo una parábola tan perfecta que no lograría interceptar ni el mejor pitcher de los Medias Rojas. Claro que aquella mañana no se esmeró en el tiro como tenía por costumbre, tenía que hacerse oír en medio de aquel idílico bienestar de anuncio. Ni siquiera se entretendría en golpear en el capó a los flamantes Chebrolets que encontrara a su paso. Porque aquella madrugada había pasado algo importante, en la portada del New York Times relucía un notición de primera: Men walk on moon!!!  Clamaban los titulares, esos mismos que Rick transmitía a voz en grito. Un torpedo con rizos, camiseta a rayas y pantalones cortos que dejaban a la vista unas rodillas llenas de costras y unas pantorrillas tan suaves como el beso de un bebé. Jadeaba de puro júbilo, no pasan cosas así todos los días. A lo Miguel Strogoff, se creía el mensajero. Ni que viniera pedaleando desde Cabo Cañaveral.

Y no habría parado hasta aparcar la bici en su desolada marquesina de no ser por el silbido de Louis que le llamó en pijama, algo desmejorado en los últimos tiempos y pálido como un cadáver. Asomó medio cuerpo por la puerta principal en un estado de alerta obsesiva, cercano a la paranoia, que combinaba muy bien con la fachada gris oscura casi negra del fúnebre color de la desesperanza. Siempre fue un poco maniático, pero por lo visto, aquello había ido a más. Flaco, desabrido. Miraba con aprensión como lo haría un búho en plena noche girando sin descanso las pupilas, clavándolas como punzones. Aun así, Rick se le acercó tan campante. Siempre agradecía unas palabras amables, lo cierto es que odiaba estar solo. De modo que adolescente y treinteañero entablaron conversación.

-          Oye, chico. ¿Es verdad lo que dicen?
-          Pues claro, Louis. ¡En qué mundo vives! - Ante el asombro de Lou, el niño insiste - . Hemos llegado a la luna, ¿no lo has visto por la tele?
-          Entonces esto lo cambia todo. ¿No te das cuenta? Si de verdad ha ocurrido, nos enfrentamos a una crisis mundial sin precedentes.
-          Qué va, si es alucinante. Pronto aterrizaremos en Marte como el Capitán Scarlet.
-       No te haces cargo, Ricky. Verne ya anunció que pasaría, ese tipo fue un visionario. Sus novelas están repletas de profecías. En “Robur el Conquistador” ya volaban helicópteros y aparecen transatlánticos en “Una ciudad flotante”. Hasta recreó el cine sonoro en “El castillo de los Cárpatos” y acertó de pleno, todo ha pasado.
-          Venga ya, Lou, tu escritor solo era un tipo con suerte.
-          Vale, no practicaba magia como Rasputín ni predijo guerras como Nostradamus pero era un clarividente. Ese hombre era capaz de contemplar el más allá como si manipulara una bola de cristal y veía el futuro tan nítido que podía olerlo. Si hasta auguró la conquista de los polos en “La esfinge de los hielos” y el descubrimiento de las fuentes del Nilo en “Cinco semanas en globo”.
 -          Que Verne tuviera o no superpoderes, eso ya no importa. Que te hablo ¡¡¡de conquistar las estrellas!!!
-          Tiene que ver y mucho. Si soñó con viajar a la luna y ha pasado, por las mismas, otras historias de ciencia ficción podrían hacerse realidad…
-          Ojalá, menuda aventura. 
-          Te equivocas, Rick. No sería agradable, en absoluto. Es más, deberías estar temblando solo de pensarlo. Si otras historias fantásticas ocurrieran aquí y ahora... Créeme, sería una auténtica locura. Si damos crédito a los relatos de Isaac Asimov, George Orwell, H.G.Wells, Arthur C.Clarke o Ray Bradbury… Prepárate para lo peor, chico, se avecina el apocalipsis.
-          ¿Entonces podría venir King Kong y pisar edificios?
-      Por supuesto.  También podrían despertar los muertos y atacarnos marcianos de todos los colores.
-          Uuuauh, molaría.  
-          No es tan difícil, hasta podría estar en marcha una invasión de ladrones de cuerpos y no darnos cuenta. Tu padre, sin ir más lejos. ¿Siempre fue así de serio? ¿A que no? Pues eso explicaría que de un tiempo a esta parte…
-          Eh, tú. ¡Cuidadito con lo que dices! Que mi padre solo está pasando una mala racha y si bebe es porque le duelen las muelas.    
-          Ya no jugáis al béisbol en el parque.
-          Bueno. ¿Y qué? Ya soy mayor.
-          Tal vez ya no sea él y te lo hayan cambiado por un alien en plena noche.
-          ¡¡¡Mientes!!! Estás enfermo.
-          Ni hablar. Mira a toda esa gente con sus sonrisas tontas. ¿Lo ves? En comparación, soy el más cuerdo de todos. Ahí los tienes, tan despreocupados, tan felices.  Desentendiéndose de lo trancendente, disfrutando del maldito sueño americano. Si supieran que en cualquier momento podría estrellar un meteorito contra La Tierra no perderían el tiempo paseando al perro. ¿No crees?
-          ¿Lou, estás seguro?
-          Completamente. Y la llegada a la luna no es sino el principio. 
-          Caramba, tanto ahorrar para un Chevrolet y resulta que se acerca el fin del mundo. Cambio de planes, mejor me empacho a helados.
-          Espera, que me calzo las deportivas y te acompaño. Si comenzó la cuenta atrás, por qué no darme un último capricho antes de que me aplasten como a un tulipán.

Lou consiguió a duras penas salir de casa con la camiseta desbocada de Superman después de cuatro meses de enclaustramiento sin atreverse a salir ni tan siquiera al buzón del correo. Rick ya nunca más esperaría inútilmente a su padre en el porche botando contra la pared la pelota de pitcher durante horas. Ambos caminaron hasta el quiosko de la playa al paso de Lou que arrastraba las zapatillas charlando sobre el avistamiento de platillos volantes y vestigios de civilizaciones perdidas. Se embarcaron en la búsqueda de un diccionario inglés-élfico y de un detector de metales teledirigido capaz de localizar bajo la arena restos de barcos vikingos.

Han pasado doce años y todavía hoy siguen siendo colegas. Tienen bastante pinta de frikis con los ojos como platos tras sus impertérritas gafas de concha. Rick lleva coleta y el emblema de Gotham tatuado en el brazo. A Lou ya le clarea el pelo, por eso se cubre la cabeza con una gorra de los Gremblins. Desde que estrenaron Encuentros en la tercera fase suelen acudir juntos al cine, provistos de papel y boli dispuestos a tomar notas. Están convencidos de que las películas de Spielberg guardan toda suerte de mensajes encriptados. Están al corriente de cada mito o profecía, aunque su máxima prioridad ahora es el inminente ataque de un ejército zombi.  Son radioaficionados, adictos a los bagles con salmón y queso. Trabajan de empleados en un videoclub del barrio y juegan a Dragones y Mazmorras hasta el amanecer.


Pues el alunizaje fue el detonante, sin duda revolucionó el mundo entero. Un pequeño paso para el hombre y en cuanto Rick y Lou fue mucho más que eso. El puto génesis, la milla cero. El principio de otra gran amistad... Esta vez, en Casanegra. Se repite la historia, otro Rick y otro Louis que esquivan la soledad fumando gauloises en el aeropuerto. Avistamiento de ovnis, aeroplanos furtivos... Más de lo mismo. Tendrías que escuchar sus malditos chistes, todos en blanco y negro.






martes, 12 de abril de 2016

RELATO: Poco ruido y menos nueces.








Helga llegó a Templehof, residencia de niños sin hogar la víspera de Navidad vestida con un pichi a cuadros y unos zapatos de charol color cereza que desataron entre los huérfanos todo tipo de comentarios malévolos con un denominador común: Esa niñata no es de los nuestros. Ciertamente, sus pies parecían piruletas y tan golosos resultaban a la vista que el pequeño Karl se acercó a gatas para lamerlos y decepcionado, le dio por hacer pucheros. Pues aún sabían a cera de abeja con la que su antigua doncella les proporcionó tanto lustre, 

-          Has hecho llorar a Karl. – El gigantón de Klaus se encaró con la princesita.
-          Eso le pasa por arrastrarse como un perro. – Helga no se amilanó lo más mínimo.
-          Serás engreída…  – Klaus era el mayor, hablaba por todos –. Niñata, vuelve a tu castillo.
-          Eso. ¡Largo! – Le secundaría Helmut en su labor de esbirro confeso.

Esta claro que entró con mal pie, su primer día no pudo ser más desafortunado. Con el acento bávaro y esos andares de muñequita pronto la llamarían Sisí y arrancarían en cantos tiroleses cada vez que doblaba la esquina. Llegó la comida de Adviento y la niña de Munich continuaba siendo el foco de todas las burlas.

¡Crac..., crac..., crac!...; estúpidos ratones..., cuánta tontería; ¡crac, crac!...; Partida de ratones..., ¡crac..., crac!..., todo tontería.

A cada ausencia de la cocinera que no paraba quieta, sus compañeros de mesa le aplastaban una patata asada, le birlaban el pan o le pisaban la servilleta hasta que la nueva ya no pudo más. Entonces se puso en pie y presa de rabia y orgullo, agarró el jarrón de margaritas que coronaba el mantel y lo estrelló contra las losas del suelo tapándose la cara con ambas manos para luego escapar a recluirse en un recodo desolado del descuidado jardín trasero. Dejaba atrás las voces de los niños que la increpaban. Y como en el cuento, pronto despertarían los ratones…

Tocó tres veces una campanilla y gritó al tiempo: ¡Confitero!.. ¡Confitero!... ¡Confitero!... Instantáneamente cesó el tumulto; cada cual procuró arreglárselas como pudo.

-          Basta, Mequetrefes – Acudió la cocinera -. Otra trastada ¡y os quedáis sin postre!

Dicho esto, dejó la bandeja repleta de hojaldres sobre el aparador y siguió a Helga  hasta el viejo fresno donde se había parapetado la cría en busca de calor si bien temblaba de miedo y de frío pues tras el otoño y sin sus hojas de cobre, el leñoso grandullón ya abrigaba un poco menos. A Helga se la veía tan diminuta bajo las ramas desnudas que la cocinera se sentó a su lado y sin mayores preámbulos le entregó una nuez dorada.

"Hum..., hum..., ¡ah!..., ¡ah! ¡Eso sería cosa del diablo!" Al fin, echó al aire la montera y la peluca, abrazó a su primo con entusiasmo y exclamó: "¡Primo, primo! Estás salvado; te digo que estás salvado; si no me engaño, tengo en mi poder la nuez Kracatuk".

-          Feliz Navidad, Helga.
-          ¿No estás enfadada conmigo? Creí que vendría a reprenderme.
-          Toma, es la nuez Kracatuk – Ante la cara perpleja de la niña, prosigue – Al sur de la Selva Negra todos los niños la conocen.  
-          ¿La del cuento de Cascanueces?
-        Pues claro. ¡Cuál sino! – Dejó escapar un suspiro y se armándose de paciencia continuó su perrorata -, Hace muchos años, por Navidad precisamente, vino un forastero a un pueblo montañés de la vieja Bavaria con un saco lleno de nueces que vendía baratas. Delante de la puerta del zapatero remendón empezó a reñir con el vendedor de nueces del pueblo, que le atacaba, molesto porque el otro vendiera su mercancía, y para defenderse mejor dejó el saco en el suelo. En el mismo momento un carro muy cargado pasó por encima del saco, partiendo todas las nueces menos una, que el forastero, riendo de un modo extraño, le dijo al zapatero que se la vendía por una moneda de plata del año 1720. Sorprendente le pareció encontrar en su bolsillo una moneda justo de aquel año; compró la nuez y la doró, sin saber a punto fijo por qué había pagado tan caro una simple nuez y por qué la guardó luego con tanto cuidado."
-          Paparruchas. ¿No pretenderá que me trague semejante memez? Ya soy mayorcita para creer en duendes y habichuelas mágicas.
-          Debería dar cuenta de tu rabieta a la directora pero lo dejaré pasar, solo por esta vez, a condición de que guardes bien la nuez y vuelvas al comedor como si tal cosa.
-          Lo sé, me he portado como una estúpida. Pero es que me hostigan de tal forma…
-      Igual que Fritz, el hermano de Marie, rompiera el cascanueces en el cuento navideño de Hofman y el padrino de la niña lo arreglara con un sortilegio, tu jarrón también está enterito, la nuez lo ha recompuesto. Entra ahí e ignora a Klaus que viene a ser nuestro rey de los ratones y pronto comprenderá que eres una más, tan desdichada como ellos.
-          Pero ¿y si me…?
-          Ten paciencia, no son malos chicos. Sienten la misma ira que tú porque su vida se ha ido al traste. Te suena ¿no? – A lo que la muchacha asiente - Ahora otra pelea y estás perdida, Helga. Es tu última oportunidad, ¿entiendes? Si contravienes de nuevo las normas, alguien dará parte de ti a dirección y sabrás lo que es disciplina… Cuéntate los dedos, diez exactos ¿verdad? Pues créeme, no querrás saber para qué usa froilain Smidt las tijeras de podar en su despacho…
-          ¿Por qué me ayuda?
-          Yo también llegué aquí de niña, desde Munich con flores bordadas en el pichi, dos trenzas enlazadas y arrastrando ¡cómo no! esa maldita erre. Pero todo aquello quedó atrás, ya casi ni me acuerdo – Dette se encogió de hombros y mentía, por supuesto.

Helga entró en razón y volvió al comedor para retomar la comida tiempo atrás, minutos antes de que la cocinera sirviera el estofado. Mientras, Dette seguía sentada bajo el árbol centenario, el mismo que una vez sorbió sus lágrimas hace doce años cuando añoraba el blanco edelweiss y la nevada cumbre del Matterholt emergiendo de entre las nubes bajas.

¿Quién boga por el lago de las Rosas?... ¡El hada!... Ondas del torrente, agitaos, cantad, observad... El hada viene. Ondas rosadas, agitaos, refrescad, bañad.

Dette se desprende del guante y se chupa el muñón del dedo. De sobra sabe que en el orfanato salen muy caros los berrinches. Pero no está triste, todo lo contrario. Sobrevivió a aquel infierno, es lo único que importa. Se quita el otro guante y la cofia, también se desanuda el delantal decidida a no volver jamás ahí dentro. Y es que una vez cedida la nuez krakatuk, ha cumplido su deuda. Respira hondo, por fin puede marcharse de ese horrible lugar. Cruza la verja que chirría como el primer día, ya nada la retiene allí. Titubea… No, ni siquiera Helga. Marcha a hurtadillas, cual fugitivo. Huye como llegó, solamente con lo puesto.

¡Tac, tac, tac!; todo debe sonar con poco ruido...; el rey de los ratones tiene un oído muy sutil...

Se va en silencio, salvo por el crujir de esos zapatos del mismo cálido tono que la calabaza madura a los que nunca renunció así pasara toda una década. Auf Wiedersehen, TemplehofA cada paso rasga las hojas secas sin apenas dejar huella en el suelo mullido. Tras de sí, solo quedará aquel intenso aroma a estofado que deliberadamente derrocha pimentón y acaso una nuez dorada en un bolsillo a cuadros. Poco ruido y menos nueces... Mira atrás y no siente nada.